'Dime si en la cordillera sopla el viento' y Camilo Hoyos.

El ejercicio de narrar una historia

'Dime si en la cordillera sopla el viento' es la segunda novela de Samuel Jaramillo. Lo interesante es que el narrador se preocupa por lo que implica contar una historia; no solamente la nacional, que salpica algunas páginas, sino la historia de su propia familia.

2015/09/16

Por Camilo Hoyos

Samuel Jaramillo (Bogotá, 1950) ha publicado más de seis libros de poesía, artículos de crítica literaria sobre literatura colombiana de la segunda mitad del siglo xx, y otros tantos de perfil académico: es doctor en Urbanismo y actualmente profesor de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes. Dime si en la cordillera sopla el viento es su segunda novela. Es la historia de cuatro generaciones de la familia Polanía, que en la década de 1930 se asentó en la cordillera, a bastantes horas de la ciudad de Neiva, siguiendo un sueño domador de la naturaleza por parte de José Antonio Polanía, el padre.

La violencia que lentamente se va apoderando de la familia coincide con la misma que el territorio nacional ve florecer. Sin embargo, lo interesante de esta novela es que se preocupa por lo que implica contar una historia; no solamente la nacional, que salpica algunas páginas, sino la historia de su propia familia: el narrador, hijo de Susana, la media hermana, es quien ensambla la memoria colectiva a partir de relatos personales de todos los miembros. ¿Qué implica esto? ¿Está contando la verdad? No del todo: la novela parece centrarse en muchos aspectos en la manera como una novela de la memoria debe ser comprendida, y no es siempre a partir de la búsqueda de la verdad, resbaladiza y onerosa. La historia, como aclara apenas comenzada la novela, es corrosiva; y las historias familiares, por lo general, falseadas por las constantes modificaciones.

La detallada mirada del narrador sobre la fotografía de las tres hermanas es el gatillo de una historia que nos lleva a Neiva, Bogotá, Corozal, a La Diamantina, finca fundada por José Antonio en la cordillera, a escasas horas a pie de Neiva, y también a La Diamantina II, comprada ya después del descalabro financiero de la familia. En esta medida, la novela bien puede ser un ejercicio de escritura para desentrañar una imagen, para exprimirle su presente y su pasado. Sin embargo, nos dice el narrador, “No siempre el pescador que lanza su atarraya, la forma de su narración, captura el pez que se esconde en el agua, la forma de lo narrado”. Esta certeza y preaviso que lanza poco antes de la mitad de la novela pone de relieve la preocupación en su labor como narrador. A este narrador no le preocupa “la verdad”, porque sabe que es resbalosa y que es imposible registrarla con el único lente de su narración, que es su propia voz. El narrador no busca “la verdad”; pretende “restituir el sentido”. Ordena episodios fatales para la familia: el matrimonio fallido de una de sus hijas, su supuesta caída en la locura, los asesinatos que luego ocurrieron a comienzos de la década de los cincuenta, etcétera. Estas historias son de toda la familia y el narrador se encarga de ordenarlas, cumpliendo la labor de “embalsamador de estas versiones y fragmentos”. A veces parece ser este el tema de la novela: de la sutileza de orfebre con que el narrador al fin de cuentas se encarga de darle sentido a un pasado. Un sentido, a fin de cuentas, decretado por uno solo, el narrador.

Así como el narrador coteja las distintas noticias publicadas en diarios de época como El Tiempo, El Liberal o El Siglo con relación a los asesinatos políticos cometidos entre liberales y conservadores, para concluir que ninguno en realidad es capaz de decir la verdad, el narrador intenta recomponer la historia de su familia apartado de la realidad nacional, por ser quizás poco confiable. Se podrá discutir si estamos frente a una novela histórica o no. Dado su ingenio narrativo (sobre todo en la escena de Susana leyendo el diario, en los capítulos 12-13), parecería que Jaramillo hace prevalecer las preguntas acerca de contar la historia sobre la narrativa que conforma el pasado de la familia. Y en estos tiempos, sobre todo, cualquier intento por contar la historia, o por prevenirnos de cómo debe ser contada, es una lectura que bien vale la pena atender.

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