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'House of cards': entre la simetría y la guerra

La cuarta temporada de 'House of Cards' es una muestra perfecta simetría que queda demostrada en los 13 capítulos. La serie sigue siendo la representación de una guerra sin cuartel que llamamos 'política'

2016/04/17

Por Jorge Carrión

La cuarta temporada de House of Cards está presidida por la simetría. Los planos que muestran a Claire y Frank Underwood en el cuarto de baño de la Casa Blanca, de espaldas, cada uno ante su lavabo y su espejo, resume muy bien el espíritu geométrico de estos últimos 13 capítulos. Son innumerables los planos perfectos, divisibles en dos mitades, a menudo con inclusión de símbolos y reflejos. También las escenas que trabajan en dos niveles narrativos o simbólicos paralelos. Por ejemplo la de la entrevista a Claire en la radio, con un juego de sonido que reproduce su voz y la del locutor de modo distinto según si la cámara está dentro del estudio con ellos o en el exterior. Por supuesto, las máximas expresiones de ese relato desdoblado se revelan cuando (primero de muchos spoilers) el matrimonio se rompe y por un lado tenemos a Claire en Texas y por el otro a Frank en Washington; y cuando él está en coma y ella negocia por su cuenta, comportándose de un modo absolutamente contrario al de Carmela Soprano durante la hospitalización de Tony. Si la italo-americana cede terreno ante los amigos mafiosos de su marido, la tejana se los come vivos.

Si no había quedado claro hasta ahora, la serie habla sobre todo del matrimonio. Por eso agradecemos que casi desaparezca Petrov, el presidente ruso, y que volvamos a la política interna de la que nunca deberíamos haber salido. Y por eso Doug, el perro fiel, el jefe de gabinete con pulsión criminal y destructora, está más fuera de lugar que nunca. Doug es el agente dramático que rompe la simetría, el tercero en discordia. Los dos grandes amantes de Claire hasta la fecha, tolerados por Frank, se han insertado en un sistema armónico. Pero Doug es incapaz de enamorarse de Claire como lo hizo en su día de Frank. Es la figura más trágica de la serie: acarrea el fin de los Underwood en su interior. Es su agente saboteador.

Si en vez de 13 tuviera 12 capítulos, los seis primeros estarían dedicados a la ruptura de la pareja y los seis últimos a su recomposición, tal es la voluntad geométrica de esta temporada. Pero no son 12, sino 13. Y el último es el preámbulo del futuro. Es, de nuevo, un coitus interruptus. Nos deja en medio de la posibilidad de que la prensa desenmascare finalmente a esa pareja de monstruos homicidas. Nos deja en medio de una guerra-cortina de humo. Nos deja en medio de una campaña electoral entre los Underwood demócratas y los Conway republicanos, que son como los Underwood pero jóvenes y con hijos, adictos a las redes sociales, encarnación de la nueva política, ¿de la política del futuro?

La cuarta temporada de House of Cards está presidida por la simetría, ya lo he dicho, presidida en todos sus sentidos. Porque la presidencia es doble, compartida por Frank y Claire, Claire y Frank, los dos presidentes de los Estados Unidos. Por eso en el plano final, en el último segundo, los dos se dirigen a nosotros, rompiendo ella la cuarta pared por primera vez, y nos interpelan a nosotros, sus espectadores, sus testigos, sus cómplices involuntarios, como el ser bicéfalo que finalmente son. Como un Jano Bifronte. Pero una cara no mira hacia el pasado y la otra hacia el futuro, no: las dos encaran el futuro y las dos pertenecen al mismo dios, que no es otro que Marte, el dios de la guerra. Por eso durante su coma Frank se abraza a las dos personas que ha matado, a sus víctimas incineradas en el altar de su ambición: porque en esta brillante temporada aparecen todos los personajes de la serie, los vivos y los muertos, bajas y heridos de una guerra sin cuartel que también llamamos política.

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