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Transparent: La textura Queer de la vida

Transparent, una gran serie sobre todo por su capacidad de entreverar lo microscópico y emocional con lo macroscópico y teórico, es decir, los vaivenes de la familia Pfefferman con la teoría queer.

2016/03/23

Por Jorge Carrión

Lo más importante de Transparent es que su textura se parece muchísimo a la de la vida. Su estética documental, sin ser de falso documental; su tempo, por momentos calmado, a veces con fuertes elipsis, casi acelerado; su tierna banda sonora, con momentos de música disco y con hits del pasado; sus flashbacks, que son a menudo recuerdos; los sucesos de la trama, sin aspavientos, cotidianos: todos los mecanismos del engranaje se sincronizan para que, cuando estamos viendo la serie, sintamos que asistimos a escenas de la vida de una familia que, pese a su lejanía (viven en Los Ángeles, son judíos, no parece que tengan que trabajar para vivir, el cabeza de familia es transexual), sentimos vívidamente muy cercana.

La primera temporada, que empieza con un renacimiento simbólico y acaba con un funeral real, es la transformación de Mort en Maura, su salida del armario, la normalización de su vida familiar y pública como mujer. Después de tantos pasos adelante, la segunda temporada, que comienza con una boda y sigue con un divorcio de la misma pareja que se acaba de casar, nos muestra cómo Maura no tiene más remedio que retroceder. Las visitas al médico y la posibilidad de una operación conviven con la incómoda convivencia con su exmujer o su insatisfacción sexual: desea a otras mujeres, atrapada en su cuerpo de hombre. La suya no es más, en realidad, que una entre otras líneas narrativas en paralelo. Porque la serie tiene cuatro protagonistas: Maura y sus tres hijos, Sarah, Josh y Ali. O cinco, si contamos a Shelly, la madre de los tres, la expareja de Mort. Y en esos cinco destinos cruzados, con los ascendentes y los descendentes como satélites que orbitan alrededor de esos cinco núcleos vitales, encontramos la misma desorientación que en el supuesto protagonista. La misma confusión sexual, la misma capacidad para la ilusión y para la depresión: montañas rusas sentimentales con banda sonora indie pop.

Los flashbacks son fundamentales en Transparent, una gran serie sobre todo por su capacidad de entreverar lo microscópico y emocional con lo macroscópico y teórico, es decir, los vaivenes de la familia Pfefferman con la teoría queer. Los saltos temporales permiten entender cómo era la vida de Mort en los años setenta y ochenta, cuando se disfrazaba en habitaciones de hotel o acudía a escondidas a campamentos de trasvestidos y transexuales. A menudo son contrapuestos con momentos del presente que multiplican el sentido del pasado, como ese encuentro en la universidad con una académica feminista que le recrimina haberla boicoteado sistemáticamente cuando él mismo era profesor, favoreciendo a los hombres, por represión propia y por inercia del sistema. Pero sobre todo, cuando los flashbacks nos transportan, gracias a los viajes psicodélicos de Ali, al Berlín de los años treinta, a los posibles antepasados también homosexuales o transexuales o bisexuales de los Pfefferman, se convierten en una poderosa herramienta dramática para crear una genealogía de la resistencia del heterocentrismo. Así, el ensayo se vuelve narración. Y lo que parece un simulacro de vida del siglo XXI se revela como una historia muy antigua, sistemáticamente reprimida y silenciada, que al fin ve la luz. De modo que, paradójicamente, un relato sobre las mutaciones radicales de una familia de hoy encuentra su significado profundo en un árbol genealógico, en un viaje a través de la tradición y los genes.

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