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Cuando los dioses duermen, de Erwin Mortier

Portada y datos de 'Cuando los dioses duermen'.

Critica libros

Un gran personaje

Por: Alberto de Brigard

Publicado el: 2012-11-28

En un escalafón algo macabro que ordenara las guerras de la historia de la humanidad según sus secuelas en la literatura, después de declarar fuera de concurso al asedio de Troya, es muy posible que la Primera Guerra Mundial encabezara la lista. Desde la insuperable Sin novedad en el frente de Erich María Remarque hasta las muy poderosas novelas de los ingleses Pat Barker y Sebastian Faulks, hay un muy buen número de novelas que intentan atrapar el quiebre psicológico y social que representó la que se conoció como “la gran guerra”. Cuando los dioses duermen hace parte del grupo de las muy buenas novelas que consiguen transportarnos a ese momento de la historia.

Dos elementos distinguen este relato de otros sobre su mismo tema: el primero es la narración desde el punto de vista de los civiles belgas, para quienes las trincheras, los campos de batalla y las ruinas reemplazaron súbitamente los pueblos y campos de su juventud, como consecuencia inesperada de un disparo en los Balcanes. El segundo elemento es su personaje principal, Helena, una mujer que recuerda su primera juventud en el oeste de Flandes, donde hasta el momento de la guerra la frontera con Francia era apenas un punto de referencia en los viajes para visitar familiares, huir de las incomodidades de ciertas estaciones o conseguir mercancías especiales. Sorprendidas fuera de su país por la invasión alemana, la muchacha y su madre tienen que “resistir un fenómeno que más tarde pasará a denominarse guerra mundial, mientras que, para nosotras, reducía el mundo a un pueblo y a la casa donde vivíamos”. Allí conocerá a su futuro marido, quien toma fotografías para la prensa inglesa y asistirá a las angustias de su hermano.

Con el paso de los años Helena se ha quedado sola. Ha sobrevivido a sus padres, a su marido, a su hermano y a su hija. La cuidan un par de empleadas: Christine y Rachida. La primera es objeto de todos los resentimientos y antipatías de la anciana, que la llama “la plaga vikinga”, mientras que la segunda se convierte en la confidente de esta mujer inteligente, vivaz e independiente que Erwin Mortimer retrata con maestría.

En muchas ocasiones durante la lectura de Cuando los dioses duermen, me encontré pensando en Marguerite Yourcenar, quien tiene mucho en común con la protagonista de la historia: ambas nacieron alrededor del cambio de siglo y sus vidas familiares abarcaban ese territorio franco-belga en el que las semejanzas y las diferencias de los usos y costumbres de cada país eran constante motivo de sonrisas comprensivas o gestos de reproche. Más que eso, me resultó atractivo imaginar que esos elementos comunes hubieran sido una buena base para la amistad de dos mujeres agudas, críticas, indulgentes con la sensualidad propia y la de los demás, y rotundamente escépticas frente a las insensateces de los poderosos y los subordinados. Es secundario que una de ellas hubiera tenido carne y huesos; no creo que pueda hacerse un mayor elogio de la vitalidad y riqueza del personaje creado por Edwin Mortimer.

El novelista, nacido en Bélgica en 1956, ha dicho en una entrevista reciente que tenía dos propósitos en el momento de escribir su libro. En primer lugar ,reivindicar la expresión literaria de sus compatriotas de lengua neerlandesa, que por muchos años debieron acudir al francés para obtener reconocimiento y, en segundo, exaltar el punto de vista femenino en un episodio histórico en el que las experiencias de las mujeres han aparecido tradicionalmente solo como telón de fondo o elemento de contraste para el heroísmo y las miserias de los combatientes. Entre otros de sus muchos logros, esta bella novela alcanza con éxito ambos objetivos.