Cuando el talento muere

Luis Fernando Charry reseña "La humillación" de Philip Roth.

2010/05/27

Por Luis Fernando Charry

La humillación, la última novela de Philip Roth, tiene un comienzo poco alentador: “Había perdido la magia. El impulso estaba agotado. Jamás había fracasado en el teatro, todo cuanto emprendiera tuvo fuerza y éxito, y entonces sucedió lo terrible: no podía actuar. Salir a escena era un sufrimiento. En vez de tener la certeza de que estaría espléndido, sabía que iba a fracasar. Le ocurrió tres veces seguidas, y la última vez nadie estaba interesado, nadie acudió. No podía llegar al público. Su talento estaba muerto”. Estas son las primeras líneas del declive artístico del actor Simon Axler, un tipo mayor cuya grandeza ha quedado en el pasado. Axler está ahora hundido en una crisis sin salida –ha perdido el poder de convencimiento en el escenario, y esta pérdida será el punto de partida de otras pérdidas aún más alarmantes– y los fantasmas de la vejez, del deterioro físico (y mental) lo van conduciendo poco a poco a una confrontación con la muerte. Axler está acabado. No puede (no quiere) creer que está loco; los espectadores que van al teatro tampoco pueden creer en sus representaciones de Próspero o Macbeth. Además su esposa, Victoria Powers, ya no puede (ni quiere) seguir cuidándolo. (De hecho es Victoria la que necesita a alguien que la cuide; pero esa es otra historia, otra tragedia que va quedando en un segundo plano). En estas noches de derrumbe existencial, de esterilidad artística, Axler se sienta solo en la cocina a tratar de comerse la comida que Victoria le ha preparado. Pero no puede. Victoria ve la escena varias veces hasta que decide largarse a California para estar con su hijo.

De modo que Axler ha sido abandonado. Todavía sigue pensando (todavía tiene que seguir pensando) que no se está enloqueciendo. Así que se refugia solo en su casa de campo con ganas de curarse. Pero casi de inmediato contempla la posibilidad del suicidio. “Ahora no había nada que lo detuviera. Ahora podía realizar lo que había sido incapaz de hacer mientras ella aún estaba allí: subir la escalera que conducía al desván, cargar el arma, meterse el cañón en la boca y bajar los largos brazos para apretar el gatillo. El arma como la continuación de la esposa. Pero, una vez ella se hubo ido, él no aguantó la primera hora solo (ni siquiera subió el primer tramo de escaleras hacia el desván) antes de telefonear a su médico y pedirle que arreglara las cosas para que lo admitieran en un hospital psiquiátrico aquel mismo día”. Allí pasa veintiséis días. Cuando sale el problema se ha incrementado: a la ansiedad de la muerte hay que agregarle un repentino, casi adolescente impulso sexual. Aquí comienza la segunda parte del derrumbamiento, la parte de las locas rothianas, las enfermas de deseo que van humillando con pulso maestro a Axler en medio de un extravagante paisaje de película porno donde no escasean las escenas de lesbianas, la dominación del macho y las consecuentes reflexiones –en un tono no carente de cierto sentimentalismo barato– sobre los sentimientos. Eso es todo.

Aunque el tema del deseo sexual ya lo había tocado con despiadada maestría en El lamento de Portnoy o El profesor del deseo, lo cierto es que Roth ha vuelto a sus viejas obsesiones. Es natural: en los últimos tiempos se ha enfrentado (77 años, solo, sin hijos, tras una larga serie de fracasos matrimoniales) a la ansiedad de la muerte. En esta última entrega, que no es una obra maestra pero sí la obra de un maestro, el sexo ha matizado la oscura armonía de sus últimos libros. En otras palabras: ha anulado temporalmente a la muerte. Tal vez no haya mayor mérito.

La humillación

Philip Roth

Mondadori, 2009

155 páginas

$35.000

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