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Cuento de verano

Juan Carlos González reseña la última película de Woody Allen, Vicky Cristina Barcelona

2010/07/28

Por Juan Carlos González A.

Tras sus películas en Londres, Woody Allen decidió filmar en España la siguiente estación de un autoexilio europeo que lo ha puesto cara a cara con el público y los medios que más admiran su obra. Barcelona lo recibió con los brazos abiertos y con algo más: el ayuntamiento local aportó un millón de euros y la Generalitat de Catalunya, medio millón adicional para financiar la película, un curioso uso de los dineros públicos que generó controversia en su momento, tanta que Jaume Roures, presidente de Mediapro —la compañía catalana que produjo la película— anunció que otros dos proyectos futuros de Woody Allen para filmar allí habían sido cancelados.

El director fue claro al afirmar que elegía a España no por intereses creativos sino porque, llanamente, le financiaban su película. Así pues, partamos con algo concreto en mente: que Vicky Cristina Barcelona (2008) se gestó con un compromiso y con unos intereses creados, no importa que sean tácitos y que Woody no sienta (por lo menos de dientes para afuera) que coaccionan su libertad creativa. Sin embargo, desde el primer plano de la película se dedica a darles gusto a los productores, haciéndonos un recorrido turístico por las atracciones más obvias —no por eso menos hermosas— de Barcelona. Se nota algo de impostura en esa inflexión del guión que aprovechó el hecho de que las dos protagonistas del filme, Vicky y Cristina, sean dos norteamericanas de paseo por la ciudad, y por ende sea obvio que las veamos recorriendo los lugares que figuran en todo catálogo turístico, sin pasar nunca más allá de la epidermis de una urbe que en este caso es solo un telón de fondo pintoresco. El amor que este autor siente por Manhattan —derivado de su conocimiento profundo de esa ciudad— se transforma acá en una serie de lugares comunes que ni la cámara del vasco Javier Aguirresarobe logra insuflar de vida.

Pero bueno, lo singular del cine de este neoyorquino siempre ha sido la manera tan lúcida con la que nos presenta los conflictos y dilemas de sus personajes, reflejo de lo que implica ser adulto en una metrópoli diversa del primer mundo, y que Allen sabe captar en unos guiones brillantes donde el drama, pero, sobre todo, un elaborado humor cerebral nos habla de un autor construyendo, película a película, un universo propio. El inicio de la cinta parece prometedor en ese aspecto. Un narrador omnisciente nos presenta a las dos protagonistas, contrastando sus diferencias en relación con su pensamiento vital y afectivo. Parecemos en el mundo cinematográfico de Éric Rohmer, pero pronto nos damos cuenta de que Vicky (Rebecca Hall) y Cristina (Scarlett Johansson) carecen de la hondura psicológica de los personajes del director francés y que ante todo las habita la confusión y la obnubilación pasional, víctimas de un guión —a pesar de los enredos derivados de un amorío a cuatro bandas— sin mayores sorpresas dramáticas. El director no supo qué hacer con los sentimientos de estas dos mujeres y las deja a la deriva, acompañadas de dos estereotipos españoles, el macho seductor (Bardem) y la española guapa que se deja llevar por la celotipia pasional (magnífica Penélope Cruz), que completan el cuadro de exotismo que ya se había iniciado con la ciudad.

A Allen no le fue posible captar la idiosincrasia, el necesario color local, e hizo una película simpática, pero aséptica y plana, dos palabras que no quisiéramos escribir a la hora de describir su cine.

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