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De Idiotas y Asesinos

Nicolás Mendoza reseña la última película de los hermanos Coen, Quemar después de leer.

2010/07/13

Por Nicolás Mendoza

Es apenas razonable remitirse a las declaraciones de los directores de cine cuando se está tratando de reseñar una película. Esta idea cobra una dimensión insospechada cuando Joel Coen, el afamado codirector de Quemar después de leer, nos explica su último trabajo con toda la seriedad del mundo: “La nueva película es sobre la cultura de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), y la cultura de los gimnasios en Washington D.C., y lo que ocurre cuando estos dos mundos colisionan. También es sobre los contactos románticos por internet”. Esta explicación es a la vez obvia y muy hermosa. Obvia porque evidentemente en la película hay espías de la CIA en un enredo sin sentido con personajes de gimnasio que buscan el amor en la red. Hermosa porque es la respuesta de un director que está por encima de las explicaciones, y se burla del periodista contestándole lo que es obvio en un lenguaje que parece serio. Hermosa respuesta, también, por su extraño parecido con la célebre definición surrealista según la cual la belleza es: “El encuentro fortuito de una máquina de coser y una sombrilla en una mesa de disección.”

A la luz de esta definición, Quemar después de leer se hace más interesante: tal vez no es solo un ejercicio de comedia negra, sino una delicada observación existencial acerca de la absoluta falta de control que los seres humanos, gobernados en realidad por diferentes formas del azar, ejercemos sobre nuestras propias vidas. Los personajes en la película viven y mueren como consecuencia de hechos que desconocen. Al final, el resultado se parece a las transmisiones televisadas de los sorteos de la lotería: pésimo vestuario, una caja transparente, un chorro de aire, y bolitas de ping-pong que chocan sin orden hasta que alguna resulta elegida.

Quemar después de leer muestra un puñado de personajes que parecen seres humanos normales, bien adaptados a la sociedad, pero que en realidad están dementes. Clooney es Harry Pfarrer, un oficial paranoico y obsesionado con el sexo. Brad Pitt es Chad Feldheimer, un asistente de gimnasio con ínfulas de extorsionista y una fijación por la ropa de lycra. Chad quiere extorsionar a Osbourne Cox (John Malkovich), un espía de bajo nivel que quiere vengarse por su despido revelando secretos que no le interesan a nadie. Para ello, Chad se une con su compañera de trabajo Linda Litzke (Frances McDormand), que está dispuesta a lo que sea con tal de conseguir el dinero que necesita para hacerse la lipo. En toda la película no hay un solo personaje que sepa lo que está haciendo. Ni siquiera el director de la CIA sabe dónde está parado. “Repórteme de nuevo cuando… cuando esto tenga sentido”, le ordena a su esbirro sin saber qué más hacer.

Las películas de los hermanos Coen son un caos en el cual nadie se merece su suerte. Un caos terrible en manos del asesino Antón Chigurh (interpretado por Javier Bardem en No Country for Old Men) y memorable en Quemar después de leer por la razón opuesta: dos deliciosos idiotas creados por Brad Pitt y George Clooney. Tiene sentido que el cine de los Coen se debata entre idiotas y asesinos (a uno se le viene a la mente la pareja de secuestradores de Fargo), pues para los hermanos son quizá una de las fuentes de la sinrazón que mueve al mundo. Idiotas y asesinos son los dos polos opuestos que dan vida a su bizarro cine, un cine metódico y preciso acerca del desorden que somos.

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