En los dominios de Amazon

De regreso al siglo XIX

2014/02/28

Por Mauricio Sáenz

Muy al estilo de Gunter Wallraff, el periodista alemán que en los años setenta y ochenta escandalizó con sus reportajes de inmersión, el francés JeanBaptiste Malet se introdujo de incógnito en las entrañas de Amazon, la gigante comercializadora por internet propiedad del famoso Jeff Bezos. Y lo que encontró, consignado en su libro En los dominios de Amazon. Relato de un infiltrado, conforma una de las revelaciones periodísticas más impresionantes de los últimos años.

Infiltrarse era la única manera de conocer de primera mano los procesos que usted o yo ponemos en marcha al hacer una inocente compra en Amazon. En efecto, era iluso pensar que los empleados de la empresa hablarían de su trabajo con un periodista si ni siquiera lo pueden hacer con su propia familia. Malet presentó una solicitud de trabajo temporal en la planta de Montelimar y no se le dificultó demasiado atravesar los estrictos controles. Al fin y al cabo, a sus 26 años le fue suficiente con ocultar su profesión para encajar perfectamente en el perfil de los aspirantes típicos, jóvenes desempleados para quienes Amazon significa el último recurso.

Los trabajadores de esas plantas de acopio de libros y artículos, que abarcan una superficie equivalente a cinco campos de fútbol, se reparten en dos grupos principales: los pickers, encargados de recoger en carritos los libros o ítems comprados, y los packers, quienes los empacan para enviarlos al comprador. Malet escogió ser picker, con la idea de hablar con el mayor número posible de sus compañeros, pero encontró que eso era imposible. No solo porque tienen prohibido hablar, sino porque son animados a denunciarse entre sí cuando lo hacen. Y porque los datáfonos que cargan consigo para saber qué artículo deben recoger y en dónde se encuentra también sirven para que los supervisores monitoreen su trabajo y el sitio en que están.

Sin embargo, llegó a su primera certeza muy pronto: al final de cada jornada, a pesar de su juventud y buen estado físico, apenas podía tenerse en pie. Al fin y al cabo, en cada turno alcanzaba a recorrer a pie al menos 20 kilómetros, con dos pausas de solo cinco minutos en los que apenas descansaba sin hablar con nadie. “Nunca antes en mi vida me había parecido que el solo hecho de sentarse fuera tan agradable”, dice. Por su parte, los packers permanecían de pie frente a sus mesas de trabajo haciendo labores repetitivas durante siete horas, y terminaban igual o peor de exhaustos. La jornada es tan extrema que quienes no alcanzan a alimentarse adecuadamente, sin apetito por el cansancio de la anterior, suelen desmayarse.

En ese ambiente orwelliano de control total, donde el desempeño de los trabajadores es medido al minuto, y constantemente se les está exigiendo más y más rapidez y eficiencia, suena extrañamente siniestro el lema que los supervisores les machacan permanentemente para motivarlos : “Work hard, have fun, make history”: trabaja duro, diviértete, haz historia. Lo que quiere decir, en realidad, mátate un poco cada día por 9,7 euros la hora, sin esperanzas, para contribuir al éxito de Amazon, que en 2012 facturó 61.000 millones de dólares.

Malet dedica buena parte de su libro a criticar la forma como Amazon ha ido aprovechando las ventajas tributarias que le dan los gobiernos locales, encantados con mejorar sus índices de desempleo, para dejar sin piso el negocio de miles de pequeñas librerías. Sin embargo, el texto es sobre todo un clamor en defensa del trabajador y de las conquistas sociales obtenidas con enormes dificultades desde comienzos del siglo xx. Las prácticas laborales que describe, que parecían perdidas en la noche de los tiempos, revelan el lado tenebroso de la revolución tecnológica, que cada vez se parece más a la industrial, con su carga de sobreexplotación y deshumanización brutal en función de una avaricia empresarial cada vez más desatada.

 

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