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De los textos a las texturas

Hernán Darío Correa reseña De Babel a papel, de Adolfo Castañón.

2010/03/15

Por Hernán Darío Correa C.

Además del paso de Babel a papel, aquí se va de los textos a las texturas, de la aventura intelectual a la corteza de civilización. Como Montaigne (“quien se va mostrando como lector en sus ensayos” -página 121-), aquí el lector se decanta como hombre a través de unos diálogos-paseos cuyos senderos son tan amplios, que nos decanta a nosotros mismos en este tiempo de orfandad donde sólo nos puede sostener el lenguaje: “María Zambrano comparte con Octavio Paz ese saber del abismo que nos advierte cómo, cuando se da un cambio histórico, estamos presenciando también el destierro de unos dioses y la consagración de otros. No es poco compartir, pues nunca se es tan huérfano como en esos momentos de eclipse en que el hombre ignora a quién ofrendar su sacrificio” (289).

Entre ese lector, y nosotros, está la babel surcada por otros lectores que vienen batallando desde hace varios siglos en la construcción del lenguaje que nos supone y nos expone: “Si éste fuera un papel estrictamente académico, sin duda tendría que recapitular diciendo algo así como que en el Quijote se da una confluencia espejeante de tiempos, y que en esa red de pliegues y repliegues se apresan y cristalizan las diversas escalas y caídas de la biografía y la historia, de la cultura, la fábula y la textualidad. Pero éste no es un papel de ese corte y sólo aspira a abrir puertas al deseo de conocimiento” (226).

Tal vez estas lecturas son tan contemporáneas porque son mexicanas: “Su diletantismo parece encubrir una forma de desengaño pero en realidad afirma el poder de supervivencia de un conocimiento jovial, de una jubilosa ciencia”, como dice sobre Connolly, ese “representante de las minorías humanistas que tienen que vivir en un mundo que las ha jubilado como guías y donde sólo queda un lugar para las masas y sus organizadores” (187). Allí, como en un coro, aparecen otros lectores, muy pocos colombianos, quizá porque los mexicanos se hicieron heterodoxos a partir de migraciones e intercambios, al contrario de nosotros, tan “felizmente” dominados aún por la ortodoxia del Opus Dei.

Tal vez por esto el libro no es fácil, pues detrás de un estilo exploratorio, va dejando aquí y allá el sentido de sus hallazgos, proyectados más que hacia el “hombre cósmico” latinoamericano de los retóricos liberales, desde seres contemporáneos como Steiner, que “combina la crítica textual con una aguda sensibilidad para la condición trágica del hombre del siglo XX” (26); Iván Illich, “el gran crítico radical del progreso y la no tan pacífica modernidad” (74); Ovidio, “el subvertor de la política imperial de Augusto y de la hipocresía de la sociedad” (89); Breton, “que estaba detrás de todo; lo confieso: conocí primero a los hijos latinoamericanos del surrealismo y luego a los surrealistas. Primero nos enamoramos de La Maga y luego de Nadja” (157); Savater (“A la hora de la aldea global y de la industria pesada de la comunicación, la figura del escritor sólo puede vivir desviviéndose” (305); Gonzalo de Rojas, que “viene de lejos, de tan lejos que la voz lejanía suena demasiado familiar” (320); entre otros.

Hay que celebrar que aquí se esté editando por fin, así aún nos falte articular más la secuencia textual desde nuestros propios puntos de partida. Pero en todo caso seguimos engrosando la delgada capa de nuestra civilización con palabras de “parentescos indudables con esa familia de escritores que va de Rabelais a Erasmo y Cervantes, quienes frente a la exigencias dogmáticas de uno u otro bando religioso y/o político, ponen en el centro del escenario, en la plaza virtual de las ideas, una retórica de la incertidumbre, la indecisión y la ambigüedad, pero de finos mecanismos lingüísticos que va efectuando el tránsito imperceptible entre lo público y lo privado, la intimidad y el orden forense, pasando por todas la notas de la conversación intermedia” (120).

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