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De vuelta a ‘Metrallo’

Daniel Ramírez reseña el libro de la escritora paisa María Cristina Restrepo, La mujer de los sueños rotos

2010/03/15

Por Daniel Ramírez G.

Otro capítulo de un viaje sin fin. Ahí está nuevamente, en la ficción, la Medellín de los ochenta, con todas las tribulaciones que la convirtieron en la ciudad del miedo. En La mujer de los sueños rotos se vuelven a leer los peores años de una guerra sin cuartel. Los traquetos y sus matones, las bombas y los ricos deslumbrados por el poder de los ‘nuevos ricos’ son visitados por la escritora paisa María Cristina Restrepo en una novela que, a pesar de todo, cumple su cometido: ser una instantánea de una década trágica.

Los ex amantes, cuya historia transcurrió al mismo ritmo que ‘Medallo’ mutaba en ‘Metrallo’, vuelven a verse. Es el año 2000. Laura Martínez, la protagonista, está nuevamente frente a Fernando Pérez, el hombre al que se entregó los jueves por la tarde en el Edificio Colombia por varios años, mientras sus dos hijos estaban en clase de cualquier cosa.

Durante la reunión en un restaurante del centro, el narrador —¿o narradora?— desencadena una serie de flashbacks que la autora tejió con esmero, es evidente, y que finalmente imprimen el ritmo melodramático de una historia que resulta redonda, aunque no ajena a algunas descripciones demasiado minuciosas que distraen y a varias ideas trajinadas.

Es Juan Camilo —hijo de un ganadero y una mujer humilde que se convirtió en una dama arrogante— quien con su soberbia y frialdad obliga a Laura a entregarse a los brazos de un hombre que sí la valora, por ejemplo.

En los ires y venires Restrepo descarga una ráfaga de personajes que le suman peso a la trama. Empresarios, políticos, sicarios, empleadas del servicio, prepagos, tenderos, banqueros. Ninguno sobra. Sin embargo, dentro de la narración los definen sus historias meticulosamente creadas por la escritora más que la verosimilitud de sus voces. Además, aunque la trama se presta para diálogos complejos, intensos, si se quiere, estos no llegan a ser importantes. Me quedé con ganas de discusiones contundentes y determinantes, lejos de las que parecen haber sido incrustadas y en las que se cuelan frases prefabricadas o demasiado obvias.

A través de los días infelices de Laura y su mundo prestante toma forma Medellín, en los años en los que empezó a llover la plata que finalmente doblegó la moral. Asoman los carros ostentosos con música a todo volumen, las mansiones recargadas, las motos que huyen todo el tiempo y la zozobra. Los hijos de la protagonista crecen y paralelamente la ciudad oscurece a la vista de todos.

Y lo mejor de la historia: Jaimison Ocampo, el jefe de gatilleros de un ‘Patrón’ que apenas es mencionado. Un tipo al que la autora muestra tomando, sin vacilar, la decisión de matar a uno de los suyos, pero también viendo la vitrina de una pastelería cuando niño, o convenciendo a los ricos de que lejos de ser un adolescente de las comunas es un príncipe de España o dejándose regañar por doña Zoila, su madre, por llevar una mala vida. Es, sin duda, el más complejo de los personajes de La mujer de los sueños rotos.

A medida que avanza la lectura uno tiene la sensación de que empieza a recoger migas de pan del suelo intuyendo hacia dónde va, pero se encontrará con un puñado de afortunadas sorpresas a las que ese tufo a ‘demasiada coincidencia’, no les quita entusiasmo.

La mujer de los sueños rotos se lee sin mayores sobresaltos y algunos pasajes son realmente interesantes. Pese a las decisiones desacertadas, repito, termina cumpliendo su cometido y presenta el ambiente de una tragedia.

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