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Declaración de guerra, de la directora Valérie Donzelli

Declaración de guerra

Crítica cine

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Por: Carol Ann Figueroa

Publicado el: 2013-01-03

La noche en que Romeo y Julieta intercambiaron miradas en una discoteca parisina y una atracción innegable los obligó a decirse sus nombres en medio de la pista, ambos supieron enseguida que su historia de amor estaría marcada por la tragedia. Fieles a los giros shakesperianos que parecían predestinados para ellos, hicieron oídos sordos a la advertencia y no sólo bailaron hasta el amanecer, sino que pasaron juntos la primavera y el verano, se fueron a vivir juntos y tuvieron un hijo al que llamaron Adam. Pocos meses después, un tumor cancerígeno apareció en el cerebro de su pequeño, y una clásica tragedia postmoderna plagada de exámenes médicos, cirugías y quimioterapias se puso en marcha.

Podrían haber optado por seguir su libreto y convertirse en seres lacrimógenos y melodramáticos entregados a su desventura, pero en cambio prefirieron declararle la guerra a la enfermedad y permanecer firmes ante cada diagnóstico médico, atrincherarse en el hospital para no dejar solo a su bebé en el campo de batalla, y pronunciar discursos en tono marcial cada vez que hacía falta llamar la atención del resto de la familia. La estrategia, que a primera vista resulta un tanto naif y que de hecho al ser puesta en escena luce a veces inverosímil, se convierte en un luminoso prisma a través del cual la directora, guionista y actriz Valérie Donzelli consigue sumergirnos en su muy particular forma de entender la enfermedad, el amor, el cine y la vida. El tumor cancerígeno que crece en el cerebro de Adam, es el mismo que ha crecido en el cerebro de su hijo desde hace varios años, y el actor que interpreta a Romeo en la película y la acompaña a ella interpretando a Julieta, no es otro que Jérémie Elkaïm, su marido, quien además ofició de coguionista.

Tal nivel de cercanía con la forma y el contenido bien podrían ser la fórmula infalible de un fracaso cinematográfico de grandes proporciones y sin embargo, el resultado es todo lo contrario.

Pese a las enormes posibilidades que tenía de crear un adefesio cinematográfico-terapéutico con su segunda película, Donzelli no sólo ha conseguido lanzar su carrera (su película representa a Francia en la próxima entrega de los premios Oscar) mientras hacía catarsis, sino que ha creado una muy particular pieza audiovisual en la que a partir de la conjugación de géneros musicales y cinematográficos casi excluyentes y disonantes, compone una conmovedora sinfonía.

De una escena en la que Julieta canta una balada romántica en un bus mientras en la ventanilla aparece el reflejo de Romeo, pasamos con la mayor naturalidad a otra en la que por alguna razón nos reímos mientras la pediatra explica un diagnóstico terrible, solo para aterrizar en otra en la que los protagonistas bailan descontroladamente en una discoteca de música electrónica, mientras nosotros escuchamos música clásica.

El efecto es tan histérico como envolvente, y aunque por momentos notamos las costuras que unen las piezas de esta colcha de retazos, la honestidad y frescura de lo que estamos viendo nos impide tomar distancia, y no podemos evitar identificarnos con esa suerte de caos controlado que nos envuelve cuando enfrentamos aquello que nos creímos incapaces de enfrentar. No hace falta que la película se regodee en lo trágico de la situación, ni que remarque cuán sabios se han vuelto sus protagonistas a través de su experiencia. Con imágenes y sonidos tan confusos y disímiles como los de la vida, Donzelli nos deja libres para encontrar por nuestra propia cuenta la clave de la supervivencia.

Dirección: 
Valérie Donzelli. Francia, 2011.
Guión: Valérie Donzelli y Jérémie Elkaïm.
Reparto: Valérie Donzelli y Jérémie Elkaïm.