BUSCAR:

Del boxeo, Joyce Carol Oates

.

Crítica Libros

Deporte o tragedia

Por: Mauricio Sáenz

Publicado el: 2013-03-14

Mucho se ha dicho que el boxeo es una metáfora de la vida; de hecho, escritores como Ernest Hemingway, Jack London y Norman Mailer, para nombrar unos pocos, se han dejado llevar por la fascinación de esa actividad difícilmente clasificable. Joyce Carol Oates es como ellos, pero descarta la metáfora. Como advierte al comienzo de su ensayo, “la vida es como el boxeo en muchos e incómodos sentidos, pero el boxeo solo se parece al boxeo”.

Del boxeo, escrito en 1987 y editado por primera vez en español por Punto de Lectura, es un brillante intento de la laureada novelista norteamericana por desentrañar los entresijos del pugilismo y explicar sus sorprendentes complejidades. Ella misma nos cuenta cómo adquirió esa extraña afición de la mano de su padre, que la comenzó a llevar a las peleas cuando era niña. Recuerda que la primera vez le preguntó por qué se peleaban esos muchachos si podían quedar heridos. “Los boxeadores no sienten el dolor de la misma manera que nosotros”, contestó él.

Esa sublimación del sufrimiento físico, apenas una de las locuras que ocurren dentro y fuera del cuadrilátero en una velada boxística, debió resultar irresistiblemente seductora para una pequeña destinada a ser una de las intelectuales más importantes de Estados Unidos. Desde entonces ella misma se convirtió en aficionada y desarrolló esa relación compleja y atormentada que se evidencia en este análisis casi metafísico del pugilismo.

Joyce Carol Oates aclara muy temprano que no considera al boxeo un deporte, entre otras cosas porque nada en él es lúdico: “Nada que parezca pertenecer a la luz del día, al placer”. No es como el fútbol o el baloncesto, que se “juegan”. Nadie “juega” al boxeo, ni en él los hombres recrean actividades infantiles, porque los niños poco o nada tienen que ver con el boxeo. No pueden, porque la muerte siempre es un desenlace posible. En el cuadrilátero los hombres no recuerdan su infancia, sino la infancia de la humanidad.

Y si no es un deporte, ¿entonces qué es el boxeo? ¿Una ceremonia salvaje, un rito expiatorio, un espacio votivo en el que las leyes quedan suspendidas y es posible matar a un hombre pero no asesinarlo? Ninguna definición es suficiente, ni siquiera que el boxeo es la imagen más aterradora “de la agresividad colectiva de la humanidad, de su demencia histórica”, como dice Oates.

A lo largo de este ensayo corto, intenso y descarnado, la autora despliega su contradictoria pasión por las narices chatas y sus conocimientos de su historia reciente y sus antecedentes remotos. Esos orígenes anclados en los gladiadores de la Roma antigua, esclavos obligados a matar a sus compañeros para no morir. Las primeras crónicas de algo parecido al boxeo actual en Inglaterra provienen de finales del siglo XVII, cuando nació el Prize Fight, en el que dos peleadores se batían a puño limpio hasta desplomarse. Más de dos siglos después, cuando la afición había llegado hasta la aristocracia, el marqués de Queensberry (curiosamente, el padre del fatal amante de Oscar Wilde), creó las reglas que, con algunas modificaciones, son las mismas que rigen en la actualidad.

Esas normas, si bien moderaron en algo la violencia, en el fondo no son más que un maquillaje moderno para las mismas viejas pasiones. Porque nada diferente a su prohibición (que ha regido en diferentes épocas) puede quitarle al boxeo esa naturaleza demencial que aflora con tanta claridad en estas páginas. Esa extraña textura resultante de una actividad en la que dos contrincantes se enfrentan con el único objeto de hacerse daño y con el riesgo siempre latente de morir, mientras los espectadores, cómplices y copartícipes de ese extraño rito, gozan hasta la histeria, no siempre concientes de su siniestro papel.