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Del deber de la desobediencia civil

Mauricio Sáenz reseña Del deber de la desobediencia civil, un libro de Henry David Thoreau Domingo Atrasado – Taller Rocca 79 páginas

2010/07/02

Por Mauricio Sáenz

Cuando impera la dictadura de las mayorías, y su consecuencia el abuso de las funciones del Estado a costa de los derechos de los demás, siempre es bueno recordar a quienes han defendido el derecho del individuo de oponerse pacíficamente a la injusticia cometida en nombre de la democracia.

Henry David Thoreau se pasó la vida en el anonimato, pero hoy es recordado como uno de los pensadores clásicos de los Estados Unidos de América. Ello no deja de ser una ironía, pues esa sociedad parece haberse puesto de acuerdo para no practicar sus enseñanzas. Nació en Concord, Massachussets, en 1833, y murió allí en 1862. El entorno idílico de su región le inspiró para adoptar un estilo de vida solitario y ascético, de amor por la naturaleza, mientras abrazaba el Trascendentalismo, una filosofía idealista que veía al mundo como una expresión del espíritu y a cada individuo como una manifestación de una humanidad común. El ser humano implica para ella imperativos morales descubiertos mediante la introspección, lo que a su vez conduce a que los individuos deben actuar según la conciencia que le dicte su verdad interior.

Ese imperativo vital, que lo llevó a vivir una existencia natural en el lago Walden (lo que originó su obra más conocida), lo condujo también a una profunda insatisfacción por los actos del gobierno que entendía como de una injusticia insuperable. En particular, la persistencia de la esclavitud y la guerra contra México, que en nombre del principio del “destino manifiesto” significó que la Unión Americana se apropiara de los estados de Texas, Nuevo México, Arizona, California, Nevada, Utah y Colorado.

Tal vez si no hubiera tenido un encuentro con el recaudador de impuestos local, nunca hubiera llegado su pensamiento hasta nosotros. El funcionario lo conminó a que pagara sus tributos, a lo que se negó por principio, por lo cual fue llevado a la cárcel. Aunque salió al día siguiente, el incidente le hizo escribir su ensayo Resistencia al gobierno civil, conocido hoy como Del deber de la desobediencia civil, que dio a conocer en una conferencia que dictó en 1848.

Su primera frase impone el tono al afirmar que “el mejor gobierno es el que gobierna menos”, si bien su aproximación no es la de un anarquista, pues antes que ninguno, lo que pedía era un mejor gobierno. Uno con el que pudiera identificarse sin violentar ese concepto del bien descubierto en su propio ser. Porque, como afirma, “si una persona está en lo correcto, tiene a Dios de su lado y constituye una mayoría de uno”. Y “bajo un gobierno que encarcela injustamente, el lugar para un hombre justo es la prisión”.

Thoreau no vivió para ver los frutos de su doctrina, pues la agresión contra México se consumó y la esclavitud fue abolida después de su muerte. Pero inspiró en el siglo siguiente movimientos emblemáticos, como la lucha del Mahatma Gandhi en la India y la del pastor Martin Luther King en la campaña por los derechos civiles en Estados Unidos.

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