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¿Demasiados fans?

2010/06/29

Por Por Miriam Cotes Benítez

Demasiados héroes tiene como pretexto la búsqueda del padre por parte de un hijo abandonado desde que era un niño. Transcurre en Buenos Aires y recrea, sin muchas sorpresas, el submundo de la clandestinidad en el que vivían los militantes de izquierda en Argentina durante las dictaduras militares. Los tres protagonistas, y casi que los únicos personajes de la novela son Lolé, una colombiana de clase alta que en su juventud militó en la izquierda; Ramón, el papá, un argentino de pura cepa por lo demás bastante bien caracterizado y Mateo, un joven entre tierno y play que se pregunta por la historia de su padre y cuyos interrogantes groseramente ingenuos son, justamente, el recurso que utiliza Laura Restrepo para amarrar la historia.

La novela es entretenida, fácil de leer y light a pesar del tema casi mítico que aborda. De un lado, la izquierda de los años sesenta y, de otro, la saga de un hijo para encontrar al padre. Sin embargo, en ambos casos no hay grandes preguntas sobre la existencia que, claro, pertenecerían más al ámbito de tratados filosóficos a los que Laura Restrepo, pese a sus estudios universitarios, no parece estar muy inclinada.

Mientras la leí tuve la eterna sensación de que la técnica se hace demasiado transparente y le quita pasión al relato. Me explico: con el discurrir de las páginas de Demasiados héroes tuve la misma sensación que al ver ciertas películas gringas: obedecen a un esquema en el que de antemano se sabe cuál escena debe incluir esto o aquello, lo que hace que uno vea simultáneamente la película y la estructura sobre la cual se monta. Aunque esto suene a desventaja, en realidad tendría alguna utilidad menor: servir como un manual para talleres de literatura en los que los aspirantes a escritores puedan despiezar un texto y entender cómo se estructura una novela que probablemente nunca hará parte de la literatura pero que sí será buena para amplios públicos. En resumen: la novela “aguanta”, como diría Mateo, pero “aguanta” es una expresión que aunque no condena a muerte tampoco salva del todo.

En la larga historia de la literatura universal ha habido escritores que no solo tienen lectores, sino que también tienen club de fans. A mi memoria acuden nombres que ilustran esta afirmación: Tolstói, Marcel Proust y, más recientemente, Truman Capote y Paul Auster. Aunque curioso, el hecho de tener fans no necesariamente habla de la calidad de la obra. Desde mi punto de vista se trata, en la mayoría de los casos, de una ocurrencia asociada a la personalidad magnética del escritor, a su figuración en las sociedades de mecenas o a su tendencia a frecuentar reuniones del jet set o a conceder entrevistas regulares en publicaciones periódicas de farándula o no.

En el caso colombiano de épocas recientes hay dos nombres que me evocan inmediatamente este fenómeno: Andrés Caicedo, el debatido escritor caleño, que fiel a sus creencias se suicidó a una edad en la que todavía podía ser un cadáver bien parecido. El otro nombre es el de Laura Restrepo, quien cuenta con un club de admiradores que no acepta que la escritora, como nos sucede a todos, tiene altibajos en su producción, momentos de mucha lucidez y otros en los que, como decía Nietzsche, “el desierto crece”.

Nunca he pertenecido al club de fans de Laura Restrepo. La considero una escritora con una voz propia y, por solidaridad de género, una posición que algunos critican como si fuera un pecado capital sobre todo cuando se da entre mujeres, reconozco que ha librado importantes batallas en un país donde nosotras no tenemos demasiado espacio para hacerlo… Pero su último libro, recién salido a la venta, y que leí con la mayor apertura, es decir, sin esperar encontrar una obra magna de la literatura pero tampoco apostando a que lo que iba a leer caería en esa barbarie literaria en la que con demasiada frecuencia caen ciertos escritores colombianos de los últimos años, tampoco logró que me suscribiera entre sus adoradores.

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