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Demoliciones

María José Montoya reseña Deriva continental de Russell Banks

2010/03/15

Por María José Montoya D.

Para empezar, se trata de una novela absoluta. Y también de lo absoluto que hay en eso llamado “vida real”, ese lugar tan común y tan distante que inventamos y al que intentamos amoldar la existencia. Deriva continental es un libro en el que, como si se tratara de la observación de un fenómeno al tiempo natural y misterioso, se ahonda en el desplazamiento de comunidades humanas empujadas, por la tragedia o la inconformidad, hacia el brillo imaginado de sus esperanzas: un faro que está siempre más allá, lejano, oscilante en un horizonte creado, y en el que la fuerza de “lo posible” es tan grande, y tiene tal magnetismo, que arrastra y moldea los destinos humanos hasta romperlos contra la orilla del deseo. Es, casi, un libro sobre la fe, sobre la fe o la esperanza, y sus catástrofes.

Publicado en 1985 y candidato al premio Pulitzer en 1986, Deriva continental es mucho más que la historia de Bob Dubois y su familia, y de su viaje desde Catamount, Nueva Hampshire, hacia Florida a finales de los años setenta, buscando una nueva vida para olvidar la sensación de estar aprisionados en un destino prescrito por las aburridas existencias de sus padres, atados todos a la supervivencia, las deudas y la circularidad del tedio. Es mucho más que la tragedia de Vanisse Dorsinville, de su pequeño hijo y de Claude, su sobrino, que huyen de la miseria en Allanche, su pequeña aldea en Haití, embarcados en balsas de ruina y desprecio, buscando sus nuevos dioses en Miami. Piensan que Agwe y Ghede, y quizá otros Loas pueden regenerar un destino perdido desde tiempos inmemoriales, cuando también por la guerra o el hambre sus antepasados africanos dejaron sus casas y enfrentaron los desiertos para por fin golpear en la puerta de su suerte, entreabierta en las islas de América.

Es mucho más, pues en estos desplazamientos, que quizá no sean sino otra forma del movimiento en el universo, como sucede con las corrientes de aire, o con los choques sutiles de los continentes, también ocurre la emergencia de una de las condiciones más comunes y extrañas de los hombres: la urgencia de reconocer motivaciones íntimas en actos fingidos y de responder así a las exigencias de la supervivencia, o bien, negarle a la voluntad el acceso a lo necesario y agotar en ello la existencia, a la luz de la fe en cualquier razón. Y tales minucias de la vida humana, al igual que el movimiento de la tierra, son fascinates. “Todo ello es, ciertamente, digno de admiración y cuanto nos resulta maravilloso, cuanto nos llena de asombro y admiración, hemos de emularlo, o bien, resignarnos a morir” (71). Por eso es posible que se haya escrito un libro sobre “la vergüenza de un americano honesto de clase media por la historia de su nación” (11), una historia que se cuenta con rabia y compasión y que nada tiene que ver con la memoria, porque para narrarla se necesita “una enumeración más que un recuento, una presentación más que una representación” (12).

Veinte años después de su primera aparición, nos llega Deriva continental en español. La idea seductora y traicionera del “sueño americano”, del racismo, del desplazamiento forzado y del dolor de los inmigrantes en esta tierra no distintos hoy a lo que fueron en 1980, ni de lo que son en las vidas inventadas en esta novela, porque el mundo es igual, es el mismo. Que se escriban libros como éste –nos lo recordará el narrador– no nos libera ni nos hará mejores, pero al celebrar la vida y sufrir la muerte de hombres comunes, al ser capaces de descifrar con rabia y compasión sus destinos y andar por las rutas singulares de su alma, al entender el mapa de su resignación y reconocer ese lugar “en donde nada importa y un segundo después importa todo” (89), al leerlo, accedemos al maravilloso instante de demoler el mundo tal cual es.

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