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Deseo, Tierra de fuego y En defensa del fervor

Ramón Cote Baraibar reseña los libros de Adam Zagajewski Acantilado, 2005

2010/03/15

Por Ramón Cote Baraibar

Es muy poco lo que sabe un lector en español de la poesía polaca contemporánea. Pero ese poco resulta paradójicamente elocuente para saber que ese país ha producido en la segunda mitad del siglo pasado dos premios Nobel de literatura: Czesaw Milosz (1980) y Wislawa Szymborska (1996). Y que, por tanto, a la luz de estos datos, es necesario estar atento a poetas como Zbigniew Herbert, Tadeus Rozewicz, o al poeta que hoy nos ocupa, Adam Zagajewski, nacido en la ciudad de Lvov en 1945, ciudad que en su momento fue polaca pero que en la actualidad pertenece a Ucrania.

Para acercarnos a su obra, desde el 2004 la editorial Acantilado ha publicado dos libros de poesía (Deseo, Tierra del fuego) y uno de ensayo, En defensa del fervor, material que nos permite conocer a un autor que prolonga la exigente tradición de los poetas laureados y que alcanza méritos propios para llegar a pensar que a la vuelta de unos años, pongamos diez, lo veamos radiante en la academia de Estocolmo.

La gravedad de la historia de su país, invadido por alemanes y soviéticos, la afirmación de su experiencia como poeta y como ciudadano en el mundo en que vivimos, la ironía como defensa ante la banalidad y la necesidad de hacer diáfana y visible sus sentimientos son quizás los ejes en los que se mueve este poeta, quien no ignora las dificultades de la lectura de poesía en la actualidad: “Pero leer poesía tiene una dificultad: a veces no puedes corresponder. Leerla requiere mucha energía. El lector de poesía también es un poeta, un poeta que ha decidido no explicarse. Por eso la poesía no tiene grandes tiradas: En cada generación hay sólo un grupo de gente que puede responder a la poesía. Hay que estar despierto para ser despertado”.

Sus extraordinarios poemas nos recuerdan nuevamente que lo sencillo también es materia del canto, y que la alta poesía no tiene que ser críptica ni necesita de un aparato crítico para ser entendida: lo más hondo puede ser dicho con palabras cotidianas, deben ser experiencias compartibles con el lector.

Un poeta que vivió la dolorosa fragmentación de su país, que sufrió “la ocupación y el totalitarismo soviético sucio y gris” participando en la oposición en movimientos literarios y sociales, que recuerda que cuando era niño había una ruta de buses que iba a Auschwitz, que mira con cierto escepticismo los logros de la libertad de Occidente, no es un poeta cualquiera. Esos datos no lo hacen importante por sí mismo, pero su fino deambular de lo histórico a lo macabro, de la desilusión a la ilusión, nos permite encontrar en su obra una mirada que rescata del romanticismo su independencia individual, reivindicando la necesidad de la inspiración y la trascendencia, y de la modernidad, la sana ironía. O para decirlo en sus propias palabras: “Escribir para referirnos a la totalidad del mundo que abarca la divinidad, el dolor, la desesperación y la alegría”.

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