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Detective de las emociones

Jorge Iván Salazar reseña Las arquitecturas del deseo de José Antonio Marina

2010/03/15

Por Jorge Iván Salazar

José Antonio Marina, filósofo y ensayista español, compara su trabajo con el de un detective de novela. En este nuevo libro, su labor detectivesca se centra en el concepto de “deseo”, y las imágenes con las que metafóricamente recorre el tema son las de arquitectura y árbol. Arquitectura, porque el libro quiere mostrar que el mecanismo de los deseos humanos opera a la manera de un edificio. Árbol, porque al fin y al cabo los deseos son propios de un organismo vivo y nacen, se desarrollan y se afirman mediante complejas ramificaciones, a menudo difíciles de penetrar.

La complejidad filosófica del tema se ve –por fortuna– matizada por una escritura muy coloquial, de fácil comprensión y no carente de humor y de guiños al lector. Como todo ensayo, hay una respetable cantidad de citas que se disponen en dos campos: las estrictamente filosóficas y las de tipo científico (que incluyen textos de psicología, epistemología y antropología). No obstante, el texto no da nunca la impresión de ser un pesado aparato conceptual, sino que logra la frescura del cuento policiaco. Lo más interesante es el tratamiento del tema, porque Marina logra mostrar la pertinencia del deseo en toda actividad humana. El hombre es el ser que desea y proyecta. Los recorridos a través de la historia del pensamiento le permiten mostrar al lector las complejas y paradójicas relaciones que han mantenido los hombres con sus deseos.

La tesis central del texto gira en torno a dos puntos; en primer lugar, quiere mostrar que el deseo es el resultado de un doble proceso: se parte de pulsiones muy básicas y naturales, como el hambre, la sed y la excitación sexual. Esas pulsiones, no obstante, se modifican, se transforman y se hacen culturales. El mecanismo del deseo explica las modas, las variadas actitudes humanas ante la sexualidad y toda suerte de conductas individuales y colectivas. El deseo, según esta tesis, está en la base de la cultura, toda vez que no es una simple pulsión, que opera según el mecanismo de tensión y distensión, sino que en el caso de los hombres adquiere una especial densidad, ya que la pulsión se puede transformar, detener o salir de cauce. El deseo es la base del proyecto. Como tal, tiene la función de lanzar al hombre hacia futuros posibles.

Un segundo aspecto tiene que ver con el impacto que los deseos tienen en la formación de la sociedad de consumo. El filósofo Peter Singer ya había mostrado que la actitud hacia el consumo y el deseo se desarrolló de un modo especial en Occidente. La antigüedad clásica y el mundo medieval mantuvieron una actitud de reserva y suspicacia frente al deseo. Baste recordar la argumentación de Platón contra el hedonismo (compara al hombre de deseos voraces con un barril lleno de agujeros, que nunca podrá estar lleno), o los fuertes llamados a poner límites al deseo que aparecen desde Aristóteles hasta Tomás de Aquino. Esta primera actitud de reserva ha sido reemplazada en los tiempos modernos por la glorificación del deseo. Deseo y consumo hoy forman parte de lo políticamente correcto y son el pilar de las economías, la política y el arte. El terror que el hombre antiguo sentía ante el deseo ilimitado ha dado paso al centro comercial “como metáfora del paraíso”. Y aunque Marina no cierra el tema, deja en suspenso la sospecha creciente de que esa exageración comercial del deseo está poniendo en jaque la estructura misma del ser humano, sometiéndolo al desasosiego y la depresión.

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