Di su nombre, Francisco Goldman.

Di su nombre, de Francisco Goldman. Por Francisco Barrios.

La estructura de la memoria

2013/06/13

Por Francisco Barrios

Cada día es una ruina fantasmal. Cada día es la ruina del día que se suponía ser. Cada segundo que pasa en el reloj, todo lo que hago o veo o pienso, todo eso, se compone de cenizas y fragmentos calcinados, son las ruinas del futuro. F. Goldman en Di su nombre.

 



Francisco Goldman (Boston, 1954) es hijo de padre judío-americano y madre guatemalteca. Se dio a conocer en la década de los ochenta como corresponsal de Harper’s en Centroamérica y después como novelista, ya que en 1987 obtuvo el premio Sue Kaufman con su primera novela, La larga noche de los pollos blancos. Vive en Brooklyn y ha consolidado también una carrera como catedrático. En cuanto a su vida personal, Goldman se casó a los veinticinco años, se divorció poco tiempo después, y desde ese momento su vida sentimental fue la del típico divorciado sin hijos: algunas aventuras aquí y allá, un par de relaciones destructivas, nada significativo. Pero en el 2001, a los cuarenta y siete años de edad y cuando ya se había hecho a la idea de que no encontraría una pareja, conoció a Aura Estrada, una joven mexicana veintitrés años menor que él, estudiante de posgrado en la Universidad de Columbia y una escritora prometedora. Se enamoraron y vivieron cuatro años de felicidad absoluta hasta las vacaciones del verano del 2007, cuando Aura se lanzó contra una ola en el mar de Mazunte, se fracturó las vértebras y murió unas horas después en un hospital de Ciudad de México. La vida de Goldman se hizo polvo y de eso se trata Di su nombre: de dar cuenta del derrumbe emocional de un hombre. Pero si bien la muerte de Aura es el motivo del libro, lo interesante es la forma en la que el autor da cuenta del duelo y cómo combina esta narrativa con los recuerdos más íntimos de su matrimonio.

Al comienzo del relato, con el regocijo del enamoramiento converge la irritación: “¿Cómo me las voy a arreglar para escribir otro maldito libro con esta mujer que me hace acompañarla a la estación del metro cada mañana y que me engatusa para ir a Columbia y almorzar con ella?”, se pregunta el narrador. También nos cuenta de la tostadora de Hello Kitty que tenía su esposa y de cómo, en una ocasión, se obstinó en llevar a un corto viaje un edredón que ocupaba una maleta y sobre cuyo precio le había mentido a él. Los recuerdos tiernos o patéticos de la vida de pareja están alternados con la confesión de las pulsiones del autor, como cuando evoca el miedo que le producían a Aura los locos que empujan a la gente a los rieles del metro en Nueva York: “Nunca entendí esta terrible necesidad de empujarla del andén mientras que, al mismo tiempo, la jalaba para llevarla a buen resguardo, protegiéndola de los fantasmales malvados pero también de mí”.

Goldman vuelve al presente narrativo (2008, el primer año del duelo) y cuenta detalles tan íntimos como que se tatuó en el brazo la fecha en la que, fantaseaban él y Aura, nacería Natalia, la hija que nunca tuvieron. Nos cuenta también cómo se masturbaba rabiosamente en la cama matrimonial durante las primeras semanas sin ella y cómo después se involucró con una de las amigas de la difunta y llegó a pensar en irse a vivir con ella “cuando hubiera pasado un año de la muerte de Aura, cuando no se viera tan mal”. Pero más allá de la compasión por la tragedia del autor, lo que resulta riquísimo de Di su nombre es cómo Goldman estructura su memoria y, al hacerlo, da cuenta de una época y de la psique de esta, de cómo le hacemos frente a la muerte y cómo la escritura es quizás nuestro recurso espiritual más precioso.

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