Diamante en bruto

José Alejandro Cepeda reseña el disco "Amante en bruto" del músico colombiano Daniel Correa.

2010/05/27

Por José Alejandro Cepeda

Cuando amanecieron los años noventa parecía que un gran peso quedaba atrás: las luces de neón de los ochenta, los excesos de los setenta, la fiesta perdida de los sesenta. Si bien las multinacionales hacían de las suyas, reinaban los unplugged y lo alternativo y los más jóvenes sabían que les había llegado su hora. “The sky was the limit”, señalaba una canción de Tom Petty en cuyo video (los videos aún sorprendían) Johnny Depp hacía caer varias motocicletas sobre el pavimento. Mientras Yugoslavia se deshacía como pan en el café del desayuno, no extrañaba que en un anaquel reposara el Álbum Blanco de los Beatles junto al Tijuana Moods de Mingus, o que Pixies o Caifanes se escucharan después del Clave bien temperado de Bach. Sin amarras, la ausencia de referentes creó una sensación de libertad que muchos siguieron. Y aunque el mundo estaba lejos del fin de la historia, Colombia no era la excepción y gente como Daniel Correa, un baterista bogotano que había abrazado el punk, el ska, el reggae, el acid jazz o el bossa, tendría la suerte de quedarse, luego la de irse, y en su caso –por fortuna– la de regresar.

A final de esa década se acercó a la academia, al piano y al jazz, comenzando a componer. Vino el destape del folclor y aprendió de figuras urbanas como Urián Sarmiento o Juan Sebastián Monsalve y maestros de las provincias como Encarnación Tovar y José Plata, experiencia que inspiró su proyecto Moaré que grabó un demo. Cuando el nuevo milenio se configuraba, sintió el llamado de la carretera, y con el equipaje ligero se fue a Barcelona, donde continuó estudiando y abrazando el sentido de lo popular al recorrer la noche catalana y su entraña de rumba y flamenco. Tras regresar y tocar el cajón, el piano y la batería en festivales y bares, partió de nuevo hacia Nueva York, donde no solo conocería la “Babel de hierro” sino se recibiría como músico e ingeniero de sonido, además de fundar Samurindó, uno de los proyectos más interesantes de las nuevas músicas colombianas. “Vivir y estudiar allá me mostró la oportunidad de perder de vista las fronteras y pensar en hacer música de una manera más personal sin importar el género”, anota Correa, justamente lo que ofrece en su debut solista, Amante en bruto, grabado entre la gran manzana y Bogotá. Un trabajo inesperado que inunda de aire fresco y sentido del humor la discografía nacional al transitar acústica y eclécticamente el vals europeo, la canción criolla suramericana, la cumbia, lo gitano, Nueva Orleans, los llanos o el bolero.

Para conseguirlo creó Los Locos del Ritmo, nutridos de la actitud de Manu Chao en sus buenos días (los de Mano Negra, claro está), el Tom Waits de buen humor, la primera Mojarra Eléctrica, o incluso del Sabina más trasnochado. Suenan espontáneos y sin el exceso de dignidad de las vanguardias como punto de partida para nuevos sonidos en Colombia. Un diamante que se puede pulir. Como lo reconoce su líder, el resultado puede ser mejor si esa banda grabara al tiempo en bloque, a la vieja usanza, fuerza que en vivo ya demuestra y podrá llevar al estudio. No es casual que en dos letras –Rainbow Blues y Menos feo– colabore el escritor Álvaro Robledo, quien muy joven publicó una novela rabiosa en la que sus personajes viajan para encontrarse a sí mismos, y el protagonista se prometiera escribir algún día un libro titulado De la salvación por la música. Ese también podría ser el título del próximo disco de Daniel.

Amante en bruto

Daniel Correa

DC, 2009

$20.000

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