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El almuerzo desnudo

En 'El dilema del omnívoro', el periodista Michael Pollan asume la tarea de digerir para nosotros los espinosos asuntos que tienen lugar antes de que la comida llegue a la mesa, y sus revelaciones resultan aterradoras.

2017/03/24

Por Mauricio Sáenz

Ser omnívoros nos facilitó a los homo sapiens sobrevivir como especie. Pero también nos trajo problemas. El oso panda, por ejemplo, no necesita escoger. Simplemente agarra un manojo de ramas de bambú, y a cenar. Nosotros, en cambio, nos enfrentamos desde tiempos inmemoriales con una decisión complicada: ¿qué voy a comer hoy?

Suena trivial pero es un asunto de vida o muerte, como podrían testimoniar, de haber sobrevivido, los primeros cazadores-recolectores que probaron los hongos en la pradera. Hoy, después de desarrollar la agricultura, la industria y, cómo no, la cocina, difícilmente nos enfrentamos al peligro de caer fulminados por algo venenoso. A cambio, el riesgo que corremos tiene que ver con el silencioso proceso inducido por alimentos que nos matan poco a poco.

Pues bien, en El dilema del omnívoro, el periodista Michael Pollan asume la tarea de digerir para nosotros los espinosos asuntos que tienen lugar antes de que la comida llegue a la mesa, y sus revelaciones resultan aterradoras.

Con una reportería e investigación meticulosas, cada una de sus cuatro aventuras alimenticias comienza en el suelo del que emergerán los nutrientes y termina en la comida preparada. La primera, la industrial, sale de un Mac Donald’s; la segunda, de una gran cadena orgánica; la tercera, de una granja idílica que no usa pesticidas ni fertilizantes sintéticos. Y en la última, casi un ejercicio filosófico, Pollan representa al cazador-recolector primitivo al matar un jabalí y acompañarlo con vegetales recogidos por él mismo. Todas tienen en común la disyuntiva de ver la producción de alimentos como una maquinaria o como un organismo vivo.

En la parte más larga nos enteramos de que casi todo lo que comen los norteamericanos tiene que ver con el maíz. Sobre todo desde 1947, cuando el gobierno convirtió sus reservas de nitrato de amoníaco (usado para hacer explosivos) en el primer fertilizante sintético. Eso, y los subsidios desde la era de Nixon, impulsaron a los agricultores a sembrar masivamente esa materia prima barata y poderosa que subvirtió el orden natural en formas increíbles.

La más importante es que enormes extensiones cayeron en el ambientalmente funesto cultivo único. Usado como comida para las reses, el maíz propició el pesadillesco sistema de levante actual, en el que los animales crecen en espacios cerrados, sobre sus propias heces y atiborrados de antibióticos para precaver las infecciones, pues su aparato digestivo no está preparado para esa dieta antinatural. Y molido, refinado y deconstruido, el grano se convirtió no solo también en alimento de cerdos, pollos y hasta peces, sino en casi cualquier cosa, al punto de que más de una cuarta parte de los 45.000 productos del supermercado contiene maíz.

Pollan no encuentra alivio en las grandes cadenas de alimentos orgánicos, pues la producción a escala, así sea más sana, requiere demasiadas concesiones que desvirtúan sus ventajas. Ni tampoco en la granja clásica que imita a la naturaleza al combinar los procesos, en la que animales “felices” interactúan armónicamente con las plantas. Bello, pero inaplicable como solución masiva.

Tras describir los despiadados procesos industriales, y experimentar el vegetarianismo, Pollan examina las condiciones éticas de comer animales. Y defiende la domesticación y consumo de los mismos, vistos no como sujetos individuales de derechos, sino como especies que se asociaron con el sapiens para permanecer sobre la Tierra. Por eso, sostiene que quienes se preocupan por los animales deberían defender más bien su bienestar, que incluye un sacrificio verdaderamente respetuoso e indoloro.

No es consuelo que Pollan hable del mercado de su país, pues por estos lados las cosas no suelen ser mejores. En todo caso, nadie quedará indiferente tras leer este reportaje, ni podrá entrar de nuevo a un supermercado sin sentir, al menos, un leve estremecimiento.

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