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Disecando la mariposa

Nicolás Mendoza reseña La escafandra y la mariposa, la tercera película de Julian Schnabel

2010/07/01

Por Nicolás Mendoza

“Cuando mi padre murió, él estaba aterrado con la muerte y yo sentí como si le hubiera fallado porque no pude ayudarle con ese temor. En realidad hice esta película como un mecanismo de autoayuda: no pude ayudar a mi padre, pero pensé que tal vez podría ayudar a alguien más”. Así explica Julian Schnabel el sentido último de La escafandra y la mariposa, su tercera película.

Para liberarse de su remordimiento Schnabel nos cuenta la historia de Jean-Dominique Bauby, un periodista francés que por causas desconocidas queda completamente inmovilizado, capaz tan solo de mover un ojo y su respectivo párpado. La experiencia más parecida, dicen, a ser enterrado vivo. La clave en la explicación de Schnabel es la expresión “mecanismo de autoayuda” (a self-help device); la película es realmente un mecanismo muy complejo y delicado donde cada movimiento de la cámara, cada rayo de luz que cruza la pantalla es importante.

Schnabel sabe que para que la película funcione (es decir, para que después de verla no temamos morir) es indispensable que nos comprometamos emocionalmente. Por lo tanto toma la decisión crucial de contarnos la historia desde el punto de vista del enfermo. Vemos estrictamente lo que él ve, incluido cada parpadeo; escuchamos lo que él escucha, incluida su propia respiración. “¿Qué es un parpadeo? —se pregunta Schnabel en una entrevista—, cierra tus ojos y parpadea una vez, ¿sabes?, si estás bajo el sol ves rojo cuando parpadeas, a veces no pierdes realmente la imagen del todo cuando parpadeas… te das cuenta de que hay como cincuenta clases de parpadeo... o más”. Cuando los médicos deciden coserle un ojo porque puede resecarse vemos la aguja y el hilo atravesando el parpado desde adentro, desde adentro escuchamos a Jean-Dominique gritar “¡No, por favor!” y también nosotros gritamos por dentro. Pero los médicos no pueden oírlo, y tampoco pueden oírnos a nosotros. La claustrofobia de no poder comunicarse es como estar preso bajo el agua en una escafandra; y la experiencia es universal porque todos de alguna manera estamos incomunicados.

Luego la película se eleva majestuosa. Como estamos tan cerca del protagonista es apenas natural que conozcamos su mente: en su encierro ha descubierto todo el poder de la imaginación y la memoria. Un descubrimiento epistemológico fundamental, en primera persona. En una secuencia inolvidable que empieza con la imagen de una mariposa rompiendo la crisálida, Jean-Dominique se hace consciente del poder de la mente humana. “He decidido dejar de sentir lástima por mí mismo… hay dos cosas que me permiten escapar de la escafandra: mi imaginación y mi memoria. Puedo imaginar cualquier cosa. Un encuentro con la mujer que amo, mis sueños de niño, mis ambiciones de adulto, ese soy yo”. Luego de llevarnos por un increíble recorrido por el tiempo y el espacio, volvemos a su rostro desfigurado, pero ahora para nosotros es la cara de un héroe.

A partir de este punto se nos revela el sentido completo de la película, y podemos maravillarnos también de cómo Schnabel ha logrado su misión de reconciliarnos con la muerte.

Aunque suene deprimente pensar en una película que se trata de alguien que solo puede mover un ojo, al final el resultado es un sentimiento de incontenible optimismo en las grietas más profundas del espíritu. Es el resultado del rigor y el talento visual de uno de los artistas plásticos vivos más aclamados del mundo, puestos al servicio de una idea central a la naturaleza humana. En una escena el protagonista se da un banquete imaginario donde reúne todo lo que le gusta: una mujer hermosa que lo besa, ostras, vino, y su piyama en un lujoso restaurante parisino. Así es la La escafandra y la mariposa, todo confluye como en una celebración plena de la vida y de lo que debe ser el cine.

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