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La isla que soy

'Domingo de revolución' de la escritora cubana Wendy Guerra pregunta: ¿Cómo se puede vivir por convicción en la isla cuando su propia identidad está siendo constantemente amenazada por los engranajes del régimen? ¿Qué tanto puede esta invisibilización metérsele en la piel y afectarla dentro de su propia interioridad?

2017/03/24

Por Camilo Hoyos

Domingo de Revolución, la última novela de Wendy Guerra, parece ficcionalizar lo que es su propia vida en la isla. No es nada nuevo oírla decir en sus entrevistas que ella es una desconocida en Cuba. No es a la única a quien se lo oímos, de la misma manera que no importa el número de veces que lo oímos, siempre sentimos su doble sentido: por un lado implica el choque entre lo íntimo y lo público de la isla, pero también nos obliga a nosotros, quienes vivimos fuera, a imaginar cómo es la vida bajo el régimen cubano, a imaginar cómo debe ser ese tipo de existencia. Lo que el régimen ha hecho con una de las autoras más importantes en el actual panorama de la literatura latinoamericana es algo mucho más violento que la persecución: la ha invisibilizado. ¿Cómo se puede vivir por convicción en la isla cuando su propia identidad está siendo constantemente amenazada por los engranajes del régimen? ¿Qué tanto puede esta invisibilización metérsele en la piel y afectarla dentro de su propia interioridad?

Domingo de Revolución es una ventana que nos permite ver lo que debe ser la vida de la propia autora en la isla, entre los reconocimientos internacionales, las visitas populares y los premios, frente a la soledad silenciosa que siempre implica regresar. Por supuesto que es ficción, y que se trata de una novela, pero es la historia de Cleo, una poeta que gana un premio literario en España luego del accidente automovilístico de sus padres que la deja huérfana. El éxito que cobra fuera de la isla se convierte en una amenaza para el régimen, como es ya un caso histórico para tantos autores. La novela se concentra en gran medida en las proyecciones entre lo público y lo privado, y la manera como esto puede afectar la vida misma. En alguna de sus charlas, Wendy Guerra recuerda cómo su madre, enferma de alzhéimer, recordaba a Fidel pero no la reconocía a ella, su hija. Esto sintetiza en gran medida una de las estrategias del régimen: moldear a su gusto las conciencias y la forma de pensar de tal manera que la misma persona no logre reconocerse como sujeto: aniquilar la subjetividad. “No pueden expulsarme de la isla que soy”, reza uno de sus versos más famosos.

Pero esa isla que ella es siempre está sujeta a malentendidos. Mientras que el régimen la ve como una disidente e instalan cámaras y micrófonos que la hacen sentirse observada constantemente, unos amigos que visita en México la tachan de espía cubana que ha viajado hasta allí para “husmear” las ideas que ellos tienen sobre la Gran Nación que imaginan. Fuera de ella misma, nadie sabe quién es: su vida es “un largo plano de autoficción, compartiendo mi vida con todos y con nadie.” Esta indecisión sobre su propio presente se verá aún más perturbado cuando conoce que su padre biológico no es quien ella creía, lo que la llevará en una travesía cuyo desenlace la hará alejarse definitivamente de la isla.

Pero hay un elemento que atraviesa la novela: el humor. Hay un episodio clave, y tiene que ver con la visita que realiza a México, donde convive con algunos amigos suyos de la época de la Diáspora. Mientras caminan por la calle, encuentran un afiche de Fidel que no dudan en comprar y llevarlo a casa. A la hora de la cena, Cleo quiere colgarlo, puesto que sus amigos del exilio igual piensan todo el tiempo en Fidel, pero la reacción de todos es de rechazo, y a partir de entonces, de desconfianza y distancia. Ninguno se da cuenta de la ironía. “Lo único que les había quitado el exilio era la capacidad de reírse de las desgracias. Reírse de ello significaba una afrenta al dolor”, dice del caso. Al contrario de los demás, para ella parecería que burlarse de las cosas significa de alguna manera apropiarse de ellas, o por lo menos reconocerse uno mismo.

La novela está dedicada a García Márquez, y de hecho aparece su nombre en la búsqueda de ese personaje que parece ser el padre de Cleo. En sus páginas, Cuba parece lo que la autora y seguramente Guerra piensan de la isla: como una enfermedad, como una convalecencia, que saquea la memoria y hace temblar los cimientos de la identidad.

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