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Donde el estrés se cae

Hernán Darío Correa reseña el libro de ensayos de Susan Sontag, Cuestión de énfasis

2010/03/15

Por Hernán Darío Correa C.

Desde el año pasado, cuando en el museo de Brooklyn pude ver las estremecedoras fotografías que le tomó Annie Leibovitz a Susan Sontag en su lecho de muerte, una y otra vez me pregunté por qué alguien tan agudo aceptó que se divulgara esa profunda intimidad, y ahora este libro me ha dado la clave, pues revela la reconciliación entre la vida y la obra de quien como pocos pensó aquel arte. Las “lecturas”, “miradas” y viajes que dan lugar a las secciones que agrupan estos 41 ensayos publicados a lo largo de los últimos veinte años de su vida, van hilando reflexiones desde su imagen fragmentada por las ondas que sus propias críticas fueron creando, como piedras lanzadas sobre el espejo de agua de su época.

Por ello, dicho sea de paso, no entiendo por qué el editor en español ha publicado esta sesuda compilación de ensayos bajo un anodino título que se aparta del original en inglés: Where the stress falls, bastante más aproximado a su contenido. ¿Tendrá que ver con la dilución del sentido y la falta de compromiso con su propio pasado que le vimos a muchos editores en la reciente feria del libro, cuando pregonaron una y otra vez que la confección de sus catálogos ha sido asunto del azar, o sus empeños más un escueto negocio que un oficio productor de objetos útiles en lucha con y dentro del mercado? Porque si muchos de los temas que aquí se abordan fueron parte de algunos libros anteriores, en esta ocasión se proponen como diálogos abiertos en momentos que al ser considerados como tales, llevan la reflexión más allá de sus meras conclusiones intelectuales, y la posan sobre el proceso de búsqueda mismo, y el compromiso que se reedita hacia y desde aquellas. “Supongo que no es un error que se lea ahora Contra la interpretación, o se relea, como un documento influyente, pionero, de una época pasada. Pero no es como lo leo o –tambaleándome de la nostalgia a la utopía–, deseo que se lea. Mi expectativa es que su actual reedición, con la adquisición de nuevos lectores, pueda contribuir a la tarea quijotesca de reforzar los valores a partir de los cuales se escribieron estos ensayos y reseñas. Acaso los juicios del gusto expresados en ellos hayan prevalecido. Los valores que subyacen a estos juicios no” (página 304).

Precisamente por esos valores luchó siempre Sontag, y este libro lo testimonia en tanto campo de batalla y colección de embates al mismo épicos y líricos sobre asuntos como la condición femenina, la prosa que escriben los poetas, la tarea de Barthes, el oficio de escritor y la lectura, la danza y las marionetas, los viajes y la literatura, la fotografía, y muchos otros. En efecto, estos brillantes y agudos ensayos fueron al mismo tiempo casi todos prólogos de obras, autores y situaciones hacia las cuales nos impulsan con fuerza, abriéndonos hacia el mundo y cerrándonos hacia la reflexión y la lucha por el sentido. Por eso se leen sin respirar, y nos llevan hasta el tiempo “donde el estrés se cae”, así sea en medio del más sobrecogedor encuentro. ¿De qué otro modo que desde la enfermedad y frente a la fotografía podría asumir esa cita de reconciliación consigo misma un autor como Sontag?: “La fotografía deviene una especie de censura a la fatuidad de la conciencia. Ah, así que ahí estoy yo” (264). “Lejos de precisar del consuelo de una determinada distancia irónica respecto de mí misma, he evolucionado lentamente en sentido opuesto y al final he venido a sentir que la escritora soy yo: no mi doble, ni un espíritu, ni mi compañero de juegos en la sombra, ni mi creación. (Es porque he llegado al punto –casi tardé treinta años– en que por fin pude escribir un libro que me gusta: El amante del volcán). Ahora creo que no hay modo de eludir el peso de la singularidad. Hay una diferencia entre mis libros y yo. Pero aquí solo hay una persona. Eso es más temible. Solitario. Liberador” (292).

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