RevistaArcadia.com

Dos mundos conciliados

Joaquín Uribe Martínez reseña el último libro de la poeta colombiana Piedad Bonnett, Las herencias

2010/03/15

Por Joaquín Uribe Martínez

Un péndulo que viaja entre los fantasmas de la sangre, entre el doble abismo de la muerte y el deseo, que restablece el vínculo entre la palabra cotidiana y las formas de un mundo que se resiste a toda solemnidad, a toda retórica: así se siente la voz de Piedad Bonnet en las Las herencias. Concisos y a menudo explosivos, sus poemas se asoman a la realidad con esa ironía capaz de desenmascarar las presencias con las que tenemos que lidiar en nuestro confuso paso por la tierra. Oscilando entre lo directo y lo elusivo, con imágenes que invocan la inmediatez de las calles tanto como los laberintos del cuerpo y la memoria, Las herencias consigue esa unidad que solo hacen posible el dominio del verso y la confianza en la palabra.

El libro está compuesto por treinta y cuatro poemas distribuidos en tres secciones: Vocación de quietud, El hueso del amor y Las herencias. Ya desde la primera parte se advierte la búsqueda de un centro desde el que sea posible observar, con la lucidez de los que saben que la poesía no puede contra el mundo, el desfile de todo cuanto hay de ingobernable y de mezquino en el ser humano. Tal es el esfuerzo por salirse de la “Torre de marfil”, por mantener la poesía a flote en medio de la abigarrada prosa del mundo. El resultado es la presencia simultánea de dos escenarios aparentemente inconciliables: de un lado una conciencia que intuye los designios de la muerte, que pugna por afirmarse en el vacío (esta vocación de quietud); del otro, la urgencia de reconciliación los otros, con esa multitud que huye / cargando sus gallinas y el peso de sus muertos.

La segunda sección, El hueso del amor, se inicia con un poema que lleva un epígrafe de Cobo Borda: …sabemos que la derrota es superior estéticamente a la victoria. Al hablar desde el amor malogrado, desde el profundo cansancio que sucede a las pasiones, la poeta deja escapar algunas veces cierta autocompasión no exenta de humor negro: Tú, el huido, / el del soberbio cuerpo que me excluye, / fornicarás conmigo sin saberlo / cuando seamos dos nadas en la nada. Lo que prima, no obstante, es esa templanza que, sin caer en sectarismos de género, se aproxima a una experiencia de lo femenino que bien podría hallarse en los versos de Blanca Varela, la gran poeta que dijera sin titubeos: “El poema es mi cuerpo”.

Pero es en la última sección donde lo femenino alcanza su dimensión más íntima. El peso de las culpas descargándose de una generación a otra y desplegando un legado irrenunciable desde el útero materno; los síntomas, los estigmas que Piedad Bonnett nos presenta en Las mujeres de mi sangre: Puedo intuir la náusea (…) / la insoportable / lucidez de sus tardes, / su pesadumbre, cerrada como un bosque, / y la oscura violencia del deber de ir viviendo día a día. La idea de que nuestra vida conlleva la coexistencia de los muertos y las generaciones futuras encuentra en el poema Dolores de familia una imagen trágica y reveladora:

Arriba de la rosa, / el cielo, sin una sola nube. / Alrededor, el aire transparente, / el viento que benévolo la agita. / Abajo, las raíces, / sosteniéndola. // Y ella, frágil, / altiva. // Inevitables, // las espinas tan cerca, / tan punzantes.

Este poema quizás sea, como ya lo dijo el crítico español Enrique García-Máiquez, el gran epítome de Las herencias: la constancia de su impulso de bajar a la tierra las cosas que están en el cielo, de elevar las cosas de la tierra y hacerlas hablar en el poema.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.