RevistaArcadia.com

Drácula ya no vive aquí

Juan Carlos González reseña TranSylvania, una película de Tony Gatlif

2010/03/15

Por Juan Carlos González A

Tres mujeres buscan a un hombre en Rumania. Así se inicia Transylvania (2006), sin más preámbulos, sin más explicaciones. Dos de ellas son francesas, Zingarina y Marie, y la otra es su intérprete, Luminitsa. No sabemos nada de ellas, ni a qué se dedican, ni cómo llegaron aquí, ni hace cuánto tiempo lo buscan o por qué lo hacen. Simplemente aparecen ante nosotros, contundentes y decididas. Sin embargo, entendemos rápido el afán que las impulsa a sumergirse en las ruidosas noches transilvanas, tras la pista del músico rumano que se casó con Zingarina y fue deportado antes de que supiera que ella espera un hijo suyo.

La película parece entonces una historia de amor. En realidad lo es. Pero de un amor doloroso, frustrado, desesperado, que hace que Zingarina esté a centímetros de perder la razón, mientras la música gitana suena al fondo y en todas las calles hay baile y carnaval. A ella la vemos retorcerse, gritar, correr, golpear y revolcarse, presa de una frustración romántica, de un amour fou que no veíamos en pantalla con tanta intensidad desde La historia de Adèle H. (Truffaut, 1975). Pero a diferencia del personaje que nos mostró Truffaut, esta Zingarina –que es Asia Argento, siempre inquietante, siempre bella– que nos muestra el director franco argelino Tony Gatlif, quema las naves y huye hacia ninguna parte, hacia los caminos rumanos que la acogen, hacia la compañía inesperada de un mercader trashumante, Tchangalo (Birol Ünel, el actor turco de Contra la pared), que parece tan ebrio y tan perdido como ella.

Transylvania es una mezcla de sensaciones y percepciones. Hay ansiedad, nostalgia, rabia, soledad, pena, vacío; pero por otro lado hay música, baile, vitalidad, embriaguez, pasión por vivir. El contraste es llamativo por lo complementario, por lo fácil que es pasar de un lado al otro. Zingarina llora su pena y se refugia entre los músicos, baila y en un momento rompe unos platos contra el piso. Simbólica, rompe con su vida previa, con su búsqueda de un amor imposible. Ya nada le queda. Por eso mismo no es complicado dejarse llevar por el destino, por el vaivén de lo inesperado. En esa tierra todo puede pasar: a ella le pasa. Gatlif la deja libre, esperando que la vida –que le ha quitado la ilusión– la sorprenda y la sacuda una vez más.

Mientras, hemos sido testigos de una cultura que se antoja exótica ante nuestros ojos, pero que adivinamos llena de matices bellos, de folclor, de tradiciones centenarias bien custodiadas que el director –tal como nos ha mostrado en su cine previo– ha sabido recoger y respetar. El espíritu festivo de Emir Kusturica parece presidir cada canto, cada baile gitano, cada melodía de esas orquestas ambulantes que alumbran los sitios por los que pasan. La misma anarquía del cine de Kusturica está por instalarse también aquí, pero Gatlif –quizá temeroso de perder el control– prefiere circunscribir la narración sobre los personajes de Zingarina y Tchangalo, y suprimir todo lo accesorio, pero con ello, a su vez, da de baja a la atmósfera entre surrealista y borracha que adornaba el filme. Por eso esa segunda parte de la película luce seca, demasiado desesperada para su propio bien. Y aunque es previsible lo que puede y va a pasar, el encanto de la última escena se nos queda en la retina como un recuerdo dulce. Esa sonrisa discreta de Zingarina, por fin llena de paz, justifica todo lo que le ha pasado. ¿Es un nuevo comienzo? Por supuesto que Tony Gatlif no lo dice. Pero queremos creer –es necesario hacerlo– que es así.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.