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¿Economía de la miseria o miseria de la economía?

Hernán Darío Correa reseña el libro de Joseph Stiglitz, Cómo hacer que funcione la globalización.

2010/03/15

Por Hernán Darío Correa

Si no fuese por lo que representa el autor, Nobel de economía, ex banco mundial y además representante de un importante sector político y de opinión que se opone abiertamente al Consenso de Washington, que como se sabe fundamentó y alentó la reforma neoliberal en el mundo, se podría poner el título de esta reseña sin interrogantes, y agregar que expresa los límites de la visión económica sobre la realidad, y la vana forma de ver la política desde la buena voluntad de quienes convocan al complemento humanitario de las implacables leyes de la economía capitalista (“Hay quien solía asegurar que el comercio era más importante que la ayuda; pero es mejor verlos como algo complementario: ambos son necesarios para que el desarrollo sea un éxito” [página 104]), así no sea desdeñable su debate, ni este aserto en particular, en medio de la profunda crisis humanitaria que la globalización ha recreado por doquier.

Basado en la recurrencia de una forma verbal condicional (“explicaré en qué podría consistir una normativa de propiedad intelectual equilibrada: que preste atención no sólo a los intereses empresariales, sino a los de la ciencia y a los de los consumidores” [147]), sus propuestas repasan todos los campos del tema, y de ese modo nos aporta a los legos una información básica que es importante y que de algún modo justifica su lectura, en torno a los siguientes temas: “Otro mundo posible, Una visión del desarrollo, Cómo hacer que el comercio sea justo, Patentes, beneficios y personas, Acabar con la maldición de los recursos, Salvar el planeta, Las multinacionales, La carga de la deuda, Reformar el sistema global de reservas, y Democratizar la globalización”. Pero no logra explicarnos por qué no se hace lo que resultaría ser obvio, y necesario; y lo atribuye de modo vago a los países del primer mundo y a las multinacionales, sin revelar las lógicas de la dominación ni de la explotación vigentes, es decir, del poder, de la política en sus formas actuales, salvo como genérico llamado a los principios: “Los procesos democráticos pueden limitar el poder de grupos de intereses particulares; podemos volver a incluir la ética en los negocios; la gobernanza corporativa puede reconocer los derechos no sólo de los accionistas, sino de aquellos a quienes afectan las corporaciones” [25].

Le atribuye a la globalización una dimensión opcional (“pasó de largo por África” [72], ¡como si la crisis allí no hubiera sido un producto de la misma!), y cae en el voluntarismo y la tautología (“sacó a los países del este asiático de la pobreza, porque la gestionaron, supieron sacar partido de la misma, sin que esta se aprovechara de ellos, lo que explica su éxito”[59]); como si aquella no fuese una tendencia objetiva de transformación de relaciones sociales que crea nuevos puntos de partida para la vida y la política, pero no necesariamente en el sentido teleológico de la historia como misión liberadora. La lucha de las fracciones del capital en el mundo, sus complejas y cambiantes formas nacionales y multinacionales, quedan diluidas en los deberes de los países que se benefician para con los perjudicados, como si en todos no hubiese quienes salen favorecidos, así sea de modo precario, turbio, provisional o efímero, como sucede ahora con nuestros caballeros de la para-política y la guerra.

Sin salir de la economía ni beber de la historia, la política y la cultura, el análisis se muerde la cola, así su postura apunte a razones válidas y necesarias. Como en los viejos tiempos, la economía sin crítica se vuelve teoría de la miseria, retorna a la lógica de Proudhon, cuyas “tesis se vuelven hipótesis; las antítesis, antídotos, y las síntesis, errores compuestos” (Marx, La miseria de la filosofía).

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