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Efectos secundarios no previstos

Juan Carlos González reseña el último film de Mike Nichols, Juego de poder

2010/03/15

Por Juan Carlos González A.

Es un pleonasmo más que vicioso decir que Mike Nichols es un veterano. Este hombre de 76 años ?–nacido en Berlín como Michael Igor Peschkowsky– tiene en su currículo filmes como ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, El graduado, Conocimiento carnal, Silkwood y Closer, para mencionar solo algunas de sus producciones más destacadas. Nichols es un hábil director que así como es capaz de hacer filmes convencionales, que asimilan la gramática de Hollywood sin dificultad (Biloxi Blues, La jaula de las locas), a la vez logra –sin perder su habitual transparencia narrativa– hacer un cine más cáustico y personal (El difícil arte de amar, Recuerdos de Hollywood, Trampa 22, Colores primarios) con el que indudablemente se siente a gusto. La ironía y el ingenio se combinan en un puñado de películas en las cuales las relaciones humanas, las zancadillas de la industria del cine y la política son sometidas a una radiografía exhaustiva y punzante. A este último apartado pertenece Juego de poder (Charlie Wilson´s War, 2007), su más reciente largometraje.

A diferencia del tono solemne que otras películas políticas recientes parecen incapaz de sacrificar, temerosas de quitarle peso a sus argumentos (pensemos en Syriana y la aburrida Leones por corderos), Nichols decide –y es una constante en su obra– optar por la ironía. Se lo permite la personalidad de su protagonista, el desenfadado congresista texano Charlie Wilson (Tom Hanks), arquitecto en la sombra de la derrota soviética en Afganistán en los años ochenta. El colorido personaje no es fruto de la ficción: se trata de un hombre nacido en 1933 y que fue representante demócrata en el congreso durante 14 años. Su historia la contó George Crile, reportero del programa 60 minutos en un texto publicado en el 2003 y que Aaron Sorkin –el escritor de Cuestión de honor y de la serie The West Wing– convertiría en el guión de este filme.

Nichols y Sorkin se sienten maravillados por la ambigua y atractiva personalidad de este político mujeriego, juerguista y borracho, que un día de 1980 descubre, prácticamente por casualidad, la situación que se vive en Afganistán con los refugiados que huyen de la invasión soviética y decide intervenir, poniendo en marcha una enorme operación encubierta que centuplicó la ayuda militar a ese país. Contaría con la ayuda de sus contactos en el senado y con la intervención de una influyente dama de la sociedad texana, Joanne Herring (Julia Roberts) y de un irascible agente de la CIA, el improbable Gust Avrakotos (un magistral Philip Seymour Hoffman). Entre todos maquinan una estrategia militar a tres bandas que incluye a Israel y Pakistán, unidas para proveer de armas a los mujaidines afganos que luego derrotarían a los ejércitos soviéticos. Y si bien el ajedrez geopolítico pareció funcionar bien en ese momento, el efecto secundario imprevisto e incómodo que tuvo esa intervención se traduciría en la embestida de los talibanes, Al Qaeda y, por supuesto, el inefable Bin Laden, gestor inicial de las operaciones financieras en Afganistán.

Aunque el entramado de espionaje, contactos secretos, lobby y diplomacia hormonal luce aparentemente muy confuso, Nichols se las arregla para darle agilidad, buen humor y hasta una resolución sencilla, quizá hasta con un exceso de simplificación, sobre todo a la hora de justificar semejante descalabro tardío. El resultado, sin embargo, es más que satisfactorio. La veteranía, esa que mencionábamos al principio, no se traiciona con facilidad.

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