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El vértigo de la ciudad moderna

"Si bien el surrealismo buscó el cambio de pensamiento respecto a lo material y a lo lógico, el lugar donde lo encontró fue en el recorrido de París." Camilo Hoyos reseña 'El aldeano de París' de Louis Aragón, un libro de la década de 1920 que estuvo en la biblioteca de Julio Cortázar.

2017/02/24

Por Camilo Hoyos

En su entrevista con André Parinaud, André Breton recordó el “formidable compañero de promenade” que era Louis Aragon: incluso los lugares más neutrales de París se veían súbitamente inundados por una fabulación mágico-novelesca cuando los caminaba con él, convirtiéndolo para los surrealistas como “el más hábil detector de lo insólito en todas sus formas” quien conocía como ninguno la “vida misteriosa” de París. Ya lo había dicho Baudelaire en el Salón de 1846 acerca de la vida en la ciudad: “Estamos envueltos y empapados por completo en una atmósfera de lo maravilloso; pero no nos damos cuenta”. Al contrario del resto, Aragon sí se dio cuenta.

No es arbitrario el recuerdo de Breton, máxime cuando en los veinte se publicaron los libros más importantes para la creación literaria de la capital francesa: El aldeano de París, de Louis Aragon; Nadja, de André Breton; Las últimas noches de París, de Philippe Soupault, y ¡La libertad o el amor!, de Robert Desnos. Es evidente que la construcción más duradera de los surrealistas fue la experiencia de la ciudad de París, a partir de la cual se creó asimismo una idea de ciudad: un lugar que debía ser atravesado a partir del azar, en busca de la aventura que brinda doblar la calle justo cuando algo está a punto de suceder, y nos convierte súbitamente en personajes principales de un acontecimiento inesperado. Lo que Breton denominó azar objetivo, Aragon lo había acuñado ya como maravilloso cotidiano: la apertura de posibilidades en la vida racional y cartesiana que desde pequeños nos han enseñado a vivir.

El libro de Aragon es capital en lo que supuso la empresa surrealista de la década de 1920 y la traducción y reedición a cargo de Errata Naturae es una oportunidad de visitar de nuevo la más compleja y sistemática apología a la ciudad que existe desde el siglo XVIII. Aragon establece las formulaciones tanto teóricas como pragmáticas de un nuevo sistema de pensamiento surrealista, producto de una nueva valoración de lo material respecto a lo sensual. Porque la narración parte de la experiencia urbana del paseo: caminar el Pasaje de la Ópera (que fue demolido dos años antes de la publicación del libro), visitar en la noche el Parque, para comprender cómo se gestó ese sentimiento surrealista en la ciudad. Si bien el surrealismo buscó el cambio de pensamiento respecto a lo material y a lo lógico, el lugar donde lo encontró fue en el recorrido de París. A partir de este libro, la mitología de la ciudad radicará en la creación de mitos a partir de la imaginación, de lo maravilloso y del azar. La construcción de la ciudad llega a su punto más álgido en la medida en que suplanta cualquier noción de lo divino y de lo sagrado. No en vano Benjamin lo toma como ejemplo para su propio-libro-que-nunca-lo-fue, El libro de los pasajes (“...mientras que Aragon se aferra a los dominios del sueño, se ha de hallar aquí la constelación del despertar”).

En una carta que le escribe a su amigo Eduardo Jonquières en mayo de 1952, Cortázar le dice: “Empiezo a permitirme lujos de especialista, a saber que dedico tardes enteras a la exploración de zonas marginales (en el sentido Guide Bleu) de París. Por ejemplo, después de leer Le paysan de Paris de Aragon, me dediqué a conocer las Buttes-Chaumont… (… ) En ese sentido mi bécane [beca] me es muy útil porque la noción de paseo es completa si uno prescinde del métro”. Cinco años después, aparece de nuevo: “¿Conoces Le paysan de Paris de Aragon? Cultivo esa misma ternura por lo anti-turístico, por calles y pasajes que pretendo ser el único en frecuentar. Por ejemplo en la parada del autobús 92 en l’École Militaire, está un dios que es solamente mi dios. Un dios con un solo fiel. Es una gran mancha en un paredón, una especie de lepra verdosa que ha dibujado una terrible, amenazadora imagen con un solo ojo. Parece salida de un códice del Yucatán”. Nadie discutirá aquí lo que fue la mirada de Cortázar en París. El aldeano de París es sobre todo una guía de observación, algo así como un Manual para Aprender a Mirar.

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