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El anticristiano

Juan Manuel Pombo reseña El Anticristo de Friedrich Nietzsche Panamericana Editorial, 2005 151 páginas

2010/07/02

Por Juan Manuel Pombo

A los veinte años el cerebro de un ser humano es como una esponja de mar capaz de absorber océanos de textos arduos y rigurosos. Es decir, si las circunstancias son propicias, a esa edad es posible meterle muela a cualquier cosa, desde La crítica de la razón pura (Kant) hasta Ser y tiempo (Heidegger), pasando por La fenomenología del espíritu (Hegel) y El origen de la tragedia (Nietzsche). Sin embargo, los años no pasan en vano y, con el tiempo, nos volvemos caprichosos. A pesar de ello me devoré de cabo a rabo El origen de la tragedia y su lectura fue la mejor clase que haya recibido de historia de Grecia. Hace mucho tiempo que no leo sino lo que me da la gana, a saber, sobre todo novela, nada de filosofía y artículos en revistas más o menos sofisticadas.

De manera que la verdad fue una sorpresa cruzarme con esta edición de El anticristiano de Friedrich Nietzsche, traducida al español por Marta Kovacsics y prólogo de Rafael Gutiérrez Girardot, nuestro germanófilo por excelencia. La lectura de dicha introducción, farragosa por decir lo menos (como si a esas alturas, el texto de la introducción se escribe en 1996, la prosa de Gutiérrez Girardot ya se hubiera contaminado de manera irremediable de la enrevesada sintaxis germana), casi me lanza fuera de borda. Lo que hubiera sido grave, no solo porque me hubiera perdido del libro de Nietzsche, sino también de las inteligentes razones que Gutiérrez Girardot da para sugerir que El anticristiano sería mucho mejor traducción para el título del famoso libro, que El anticristo, como se le conoce en nuestra lengua, recomendación que esta edición tuvo el buen cuidado de seguir.

“…en el fondo sólo hubo un cristiano, y ése murió en la cruz”, asevera Nietezsche hacia el final de su concienzuda diatriba contra el anticristiano primigenio, es decir, Pablo… y todos los otros discípulos (mayores en edad, dignidad y gobierno) que no pudieron “perdonar esa muerte (¡cómo pudo Dios permitirlo!)” y tampoco “ofrecerse a una muerte igual, con suave y amorosa calma de corazón”, perdón y aceptación que, por lo demás, “hubiera sido evangélico en el más alto sentido”. “Fue precisamente el sentimiento menos evangélico de todos, la venganza, el que se impuso” (las bastardillas no son mías). Así las cosas, para Nietzsche, el evangelio, la buena nueva, que de otro modo hubiera sido un buen paso adelante vis-à-vis los logros del budismo pero con mayor sentido anarco-ecuménico (si se me permite la descabellada expresión), se malogra gracias a la “más despreciable de las promesas incumplibles… la desvergonzada doctrina de la inmortalidad personal” que “…Pablo enseñó como premio” y que, como si lo anterior fuera poco, “…fue lo único que Mahoma tomó más tarde prestado al cristianismo”, es decir, el invento-mentira de Pablo, su medio para reinstaurar “la tiranía sacerdotal, la formación de rebaños, la creencia en la inmortalidad…”.

Debo confesar que más de una vez he hallado consuelo en las palabras de Pablo en su primera carta a los corintios: “Sin la resurrección, nuestra fe no vale nada”. Pero, dicho eso, no puedo menos que recomendar la lectura de esta desolada, descarnada y humana protesta que es la soledad cósmica y terrenal, salida de “este mísero y pequeño astro que se llama tierra”, asumida con valentía por Nietzsche en este libro: una inolvidable clase de historia sobre lo que (no) pudo ser el cristianismo primitivo.

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