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El árbol del folclor progresivo

José Alejandro Cepeda reseña Árbol, el primer álbum de Pernett

2010/07/28

Por José Alejandro Cepeda

La música no siempre suena como se ve. Por ejemplo, por sugerentes que fueran las portadas de los delicados discos de los Smiths (el grupo del talentoso y autoindulgente Morrissey), se limitaban a recrear desde Manchester un imaginario cultural desclasificado, con fotografías de personajes célebres en sepia o blanco y negro. También la imagen puede no decir casi nada, porque no se quiere o se sugiere, recuerda el etéreo sello ECM. O va al grano sin rodeos, en las irreverentes creaciones del desaparecido Frank Zappa o las testimoniales y clásicas de Deutsche Grammophon. Por eso lo primero que hay que decir sobre Humberto Pernett, músico originario de Barranquilla que vive rodeado de sintetizadores en un entorno acústico y caribe, es que el personaje suena como se ve y, además, como vive.

El arte gráfico de su primer álbum Árbol acierta al presentarlo como la proyección electrónica que construye paisajes a partir de ramificaciones digitales, samplers, loops y secuencias, pero también de gaitas, tambores y guitarras desde el peinado “afro” que lo caracteriza. Ese afro, un árbol que crece y expande folclor sin prejuicios, puede recordar las jornadas diurnas de pesca del río Magdalena o las nocturnas de rave del Támesis en Londres. O ir a Guadalajara, cuando representó a Colombia en la Feria Internacional del Libro de 2007. Pernett se crió en la capital del Atlántico y la música le viene de familia. Sobrino de la bolerista Carmencita Pernett, su padre ha liderado la comparsa Cipote Garabato en los carnavales. Su línea musical, que terminó de decantar en Bogotá junto al proyecto Sidestepper de Richard Blair, es definible como la asunción de la conciencia caribe que cruza una actitud positiva en medio de los problemas, es decir, aquello denominado bacanería. Su música parte de la cumbia, el son o el garabato, pero sin miedo trasciende a la champeta, el rap, el funk, el dub, la soca o el house. Sus letras lo demuestran, desde el reconocimiento de lo autóctono en “Makako mata el toro” que redime a Batata —el gran percusionista de San Basilio de Palenque—, hasta la denuncia social y ecológica en “Papita groovie” o “El baile del Guevatronik”, que incluyen secuencias de juegos electrónicos y describen con sentido del humor el peso de la cotidianidad.

El gran reto de Pernett no es solo consolidar su propuesta, que venía desarrollando en dos supersencillos, “Música para Pick Up” (2003) y “Cumbia galáctica” (2006), sino lograr que su árbol cobije otras figuras o termine de sumarse a un bosque tupido que parece florecer junto a voces amigas aquí presentes como Calle 13, Choc Quib Town, Malalma, Bomba Estéreo o Sol Okarina Suárez. Este bosque tendrá que demostrar que la creatividad y libertad que dan las bases electrónicas no se agotan en fórmulas fáciles o repetitivas, ofreciendo trabajos editados a la altura del reto que implica explorar el folclor (cualquiera que sea) aspirando a llevarlo al terreno de la vanguardia.

Por ahora, esta muestra de psicodelia caribeña es buena señal. El universo de Pernett tal vez sea un big-bang en el que viajan desde Los Corraleros del Majagual hasta Björk, pasando por Totó la Momposina y Jean-Michel Jarre. Todos impulsados por la cumbia. Por eso hay indicios para afirmar que en cien años el caribe será tan electrónico como orgánico, y que el árbol de la música colombiana tendrá raíces más fuertes y sus hojas se verán desde la distancia.

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