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El arte de la repetición

Ana María González reseña la recopilación de ensayos que hace Juan Gabriel Vásquez en El arte de la distorsión

2010/03/15

Por Ana María González

Nadie niega que Juan Gabriel Vásquez sea un ensayista lúcido y sobre todo juicioso; sin embargo, a pesar de la seriedad con la que escribe estos ensayos, El arte de la distorsión no convence del todo.

Vásquez ha escrito varias novelas y constantemente publica artículos en diferentes medios nacionales e internacionales. El arte de la distorsión es una recopilación de ensayos sobre literatura anteriormente publicados que se reúnen en este volumen. Son dieciséis ensayos en total, en los cuales el tema de más de uno son Conrad, García Márquez y El Quijote.

Esa selección, resultado de “varios azares” (así lo dice él mismo en la nota bibliográfica) es más que evidente y allí nace el mayor problema de este libro: la monotonía. Publicar un libro de ensayos escogidos es recomendable cuando el autor es tan buen ensayista que es necesario hacer una selección de lo mejor que ha escrito. En este caso, aunque Vásquez sea buen ensayista, su selección (porque es de él y también lo aclara en la nota bibliográfica) le hace una mala jugada: muchos de los ensayos caen en las mismas ideas, en los mismos argumentos, en las mismas referencias literarias. En esa medida, el editor también es responsable de esa monotonía porque, aunque la selección sea del autor, parece que el editor hizo de testigo silencioso.

Vásquez no solo patina sobre las mismas ideas, sino que además las expresa con el mismo tono. Como dije, casi siempre usa el mismo repertorio de referencias a otros autores: Conrad, Nabokov, Pamuk. Cuando repite la misma idea y cita la misma frase de Piglia en dos ensayos casi seguidos (“el escritor escribe para saber qué es la literatura”) se nota que hay algo mal; suena como a un chiste que le salió bien una vez y lo repite otro día, olvidando que el público es el mismo. Otra vez, falla del editor.

Además de repetitivo también tiene algo de anacrónico. Dice: “Escribir fuera, igual que leer en otras lenguas, es someterse voluntariamente a la hibridación, a la impureza” (pág. 184). Que se someta a la hibridación, bueno, está bien; pero ¿a la impureza? ¿Podemos sostener en estos tiempos que haya purezas e impurezas?

A pesar de los tropiezos, se debe resaltar la importancia que significa publicar un libro de estas características en Colombia. Primero, porque es un libro de ensayos sobre literatura y de eso se ve poco en las librerías. Segundo, porque así el estilo sea bastante plano, está bien escrito. Tercero, porque hay ensayos que tratan sobre autores de los que no se habla casi en los libros editados en Colombia como Philip Roth y W.G. Sebald. Ahora, aunque esto último es rescatable, los ensayos del libro en general tienen poco de novedoso. Que sostenga que la lectura sea un hechizo, o que la novela tiene el poder de modificar la realidad histórica a su servicio; o que la influencia literaria no tiene un carácter territorial, o que el cuento es género de solitarios, no es nada novedoso, más bien todo lo contrario.

Qué grato hubiera sido haber encontrado ensayos nuevos sobre esos autores que tanto admira y que están a lo largo y ancho del libro, como Nabokov (el epígrafe del libro es de él), Pamuk y Naipaul. Pero eso es pedir otro libro.

En últimas, El arte de la distorsión es un libro que hubiera podido ser mejor, pero se quedó en cuartos de final y no clasificó.

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