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El baile

Antonio García reseña El baile de Irène Némirovsky Salamandra, 2006 87 páginas

2010/03/15

Por Antonio García

Sesenta y dos años después de su asesinato en Auschwitz, Irène Némirovsky volvió a ser noticia merced a la publicación póstuma de Suite francesa, una obra que abarcaría cinco partes de las cuales la autora apenas concluyó dos: “Tempestad en junio” y “Dolce”. La crítica ha sido unánime al considerarlas una obra maestra. En el otoño de 2004, Suite francesa recibió el premio Renaudot (uno de los premios literarios más importantes de Francia), por primera vez concedido a un autor póstumo*. El baile, publicado por la autora a sus veinticinco años, ya era una prueba indiscutible de su talento y despertó el interés de Paul Morand, Joseph Kessel y Jean Cocteau.

Hay libros que están hechos para leerlos de una sentada. Éste es uno de ellos. Por su extensión (87 páginas), su economía de recursos y una historia que, por su intensidad y belleza, no se puede abandonar. Les advierto que si posan sus ojos en el primer párrafo de El baile, no podrán despegarlos hasta el final de este relato patético sobre la sociedad, el arribismo y las tensiones familiares.

Este libro, además, entra por la puerta grande a la tradición de relatos que están contados con el lente de una edad en particular. En este caso, la adolescencia. Así como en Celestino antes del alba, Reinaldo Arenas cuenta las cosas con ojos de niño, o en Memoria de mis putas tristes, Gabo mira desde la vejez, El baile está visto a través de los ojos de Antoinette, una muchachita de “catorce años, senos que ya pujaban bajo el estrecho vestido de colegiala, incomodando su cuerpo endeble, aún infantil; pies grandes y dos caños rematados en manos rojas, de dedos manchados de tinta, que un día tal vez se convertirían en los brazos más bellos del mundo; nuca frágil y cabellos cortos, sin color, secos y finos…”. Seguimos a Antoinette con todas sus rebeldías y justificaciones, con todo su spleen melodramático, con toda la crueldad con que juzga y fustiga a sus padres, una pareja de nuevos ricos que organizan un baile al que invitan a toda la crema y nata de París y por el cual esperan validarse socialmente. Némirovsky sostiene muy tenso el hilo narrativo a través de diálogos ágiles y ajustados, tiene un pincel muy fino para delinear a los personajes (incluso los menos importantes) y desentrañar los hilos que se trenzan en la cabeza de Antoinette cuando provoca la absurda situación que constituye el inevitable desenlace.

 

*Ver artículo de Conrado Zuluaga en la edición número 13 de Arcadia.

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