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El binomio indisoluble

Juan Carlos González reseña Madre e Hija de Rodrigo García Barcha.

2010/10/13

Por Juan Carlos González A.

Ningún lazo de sangre tiene el vigor del que se genera entre una madre y su hijo, una relación que surge in útero y que al nacer se fortalece con la lactancia y con los cuidados que la madre le prodiga. A este tipo de mecánica del afecto nos hemos acostumbrado, pero cuando la presenciamos no deja de maravillarnos. Hay qué ver lo que la voz de su madre le produce a un bebé, y qué seguridad la que sus caricias le dan. ¿Pero qué ocurre cuando eso falta, cuando ese lazo se deshace forzadamente? Una pregunta así se formuló Rodrigo García para escribir y dirigir Madre e hija (Mother and Child, 2009), pero antes que aventurar una única respuesta con su película, lo que este realizador hizo fue proponernos escenarios dramáticos paralelos que ejemplificaran los diversos grados de ausencia materno-filial.

 

Para lograrlo se decide por una narración coral con historias confluyentes, un tipo de abordaje narrativo que requiere mucho pulso para lograr un balance equitativo entre cada relato, para que no sea una sola historia la que lleve todo el peso y las demás se vean como añadidos accesorios y forzados. Mencionaba antes que el factor que une a estas situaciones y personajes es la ausencia. Karen (una excelente Annette Bening) vive con su madre anciana y enferma, pero es como si ambas vivieran a kilómetros de distancia. No se comunican, hay una barrera afectiva enorme entre ellas, que ni siquiera la muerte logra atravesar. Cuando era adolescente, Karen tuvo una hija que entregó en adopción al nacer y ahora, 37 años después, no pasa un día sin recordarla. Esa hija, Elizabeth (Naomi Watts), es una talentosa abogada y excelsa devoradora de hombres, que llena con amantes un vacío existencial cuyo origen solo va a comprender más tarde, cuando un hecho vital la sacuda. Mientras, Lucy (Kerry Washington) busca a toda costa adoptar un hijo ante la imposibilidad física de tener uno.

 

Las vidas de Karen, Elizabeth y Lucy están ligadas por el dolor, la soledad y la búsqueda de una felicidad esquiva. La maternidad en cada una de ellas es un evento significativo, pero inacabado e imperfecto. Pudo haber sido fuente de su dicha, pero resultó siendo origen de su aparente infelicidad. Esta película es el relato del tortuoso camino que cada una recorre para perdonarse y para reconciliarse con su idea —voluntaria o no— de ser madres. Y cómo en ese momento entienden, también, lo que es ser hijas.

 

Significativo es que a su lado no haya una figura paterna para esa hija que cada una tuvo. Para estas mujeres el rol masculino se reduce al de donante no anónimo de semen, incapaz de asumir una responsabilidad o un compromiso mayor. Podría pensarse también que García no quiso introducir elementos extraños al del indisoluble binomio madre-hija y así explorar con más facilidad las consecuencias de su carencia. Pese a todo, los dos papeles masculinos principales del filme (interpretados por Samuel L. Jackson y Jimmy Smits) retratan a dos hombres llenos de nobleza y sinceridad.

 

Madre e hija no busca un golpe de efecto al entrecruzar los destinos de sus protagonistas. Su pretensión no es tan manipuladora como expositiva y sensible. García se ha metido en la piel de estas mujeres y desde allá, desde ese lugar infranqueable para un hombre, se ha atrevido a mostrarnos lo difícil que resulta atar de nuevo un lazo roto. Difícil, pero no imposible, sobre todo si es el amor entre una mujer y su hija el que está en juego. Las heridas tardan en sanar, pero un día ya no se ven. Y la paz llega.

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