El canto del cisne

Juan Carlos González reseña El cisne negro de Darren Aronofsky.

2011/03/30

Por Juan Carlos González A.

¿Se han dado cuenta de que el cine se sirve con frecuencia del mundo del ballet para que sea reflejo de la ambición, el egoísmo, la soberbia, la doble moral, la hipocresía, la trampa y la puñalada en la espalda? La que debería ser, tanto en el cine como en la vida, una conjunción sublime de música, danza, perfección y belleza, se ha convertido para el celuloide —quizá en la paradoja resida esa fijación— en conveniente escenario para la exhibición de nuestras flaquezas y tragedias.

 

Ahora tenemos ante nosotros a El cisne negro (Black Swan, 2010) y en la superficie parece que el esquema va a repetirse adosado peligrosamente a las convenciones: una bailarina talentosa pero frágil, que despierta la envidia de sus compañeras al obtener el papel principal en El lago de los cisnes, mientras enfrenta el asedio sexual del veterano e implacable instructor de danza y los celos de la antigua bailarina solista. Algo, sin embargo, nos permite tener fe en el filme. El cisne negro tiene una firma: es una película de Darren Aronofsky.

 

El realizador neoyorquino tiene una carrera breve pero muy consistente, a la que la palabra “convencional” no la define. Aronofsky opta por las historias, los personajes y las situaciones límites, tomando riesgos que otros directores están poco dispuestos a asumir, pero que él lleva a buen puerto gracias a un pulso narrativo sólido que le previene de bochornos y ridículos en los que es fácil caer (piensen en la humanidad que logró sacar del personaje de El luchador, que ante todo era una caricatura viva). Acá, a partir de una historia de Andrés Heinz, Aronofsky utiliza el ballet como mera disculpa, como campo de batalla —minado por la tensión, el perfeccionismo y las ganas de éxito— que una mujer debe atravesar a costa de su propia salud mental. La atmosfera de alta competitividad era perfecta para sus intenciones exploratorias: nos acercaremos a su mente herida y desde allá veremos un mundo distorsionado, agresivo, salvaje en su falta de compasión.

 

El personaje de Nina, que Natalie Portman interpreta con la convicción, vigor y pasión que el Oscar honró, es mucho más complejo que el de cualquier bailarina joven con ansias de triunfo. Mírenla con cuidado: esa mujer que aún vive con su madre y ocupa una habitación que más parece la de una adolescente, es una amalgama de soledades, represiones e inseguridades. Pese a su gran talento es capaz de caer derrumbada ante cualquier situación problemática o amenazante. El éxito en el ballet es su único contacto con la realidad y si ese polo a tierra se ve en peligro, su mente empezará a defenderse, a delirar, a doblarse, a quebrarse.

 

La paranoia primero y la psicosis después se mezclan para ir haciendo descender a Nina en una espiral infernal de la que Aronofsky nos hace apesadumbrados partícipes, tal como lo fuimos en Réquiem por un sueño. En un momento dado, el director deja de contener el relato —cuando ya nosotros sabemos que lo que le pasa a Nina no es fruto de una conspiración— y nos hace acompañarla en un adolorido viaje por los recovecos de su propia desesperación. La vemos alejarse con su insatisfacción sexual, con sus ganas de libertad,con sus deseos de ser reconocida, con su temor a ser desplazada y herida. Deja de ser el cisne blanco, suelta las amarras perceptuales y deviene por fin en ese cisne negro libérrimo. Tal como se lo pedían, ha abierto la caja de Pandora de su espíritu y ha liberado sus demonios interiores. Y canta entonces, como lo hace el cisne antes de morir.

 

El cisne negro

Dirección: Darren Aronofsky, 2010

Guión: Mark Heyman

Actores: Natalie Portman, Mila Kunis, Vincent Cassel

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