El cerebro en la montaña rusa

Andrés Borda reseña "El origen" de Christopher Nolan.

2010/09/21

Por Andrés Borda

Dice el afiche de El origen (la más reciente película de Christopher Nolan), a manera de invitación: “Tu mente es la escena del crimen”. Esta es la carta de presentación del último trabajo del cineasta británico que nos quiere confirmar, una vez más, su obsesión con los ladrones, con los estafadores (Following, The Prestige), con los hombres atrapados en el pasado (Insomnia, Memento), en una película que podría pertenecer a cualquier otra era del cine menos a esta. La premisa de El origen —un hombre que se dedica a meterse en los sueños de otras personas para buscar información valiosa y está a punto de emprender su última misión— promete una mezcla entre una película de ciencia ficción de serie B de los años 60 y una novela de Chandler o Hammett. El trailer, que no es más que una confusa secuencia de imágenes geniales, emocionantes, no promete más que una película de acción con una trama incomprensible. Nuestra única certeza es que esta es otra película del mismo director que rescató la serie de Batman de las manos de Joel Schumacher, y que se lanzó a la fama con Memento. Al final, será la curiosidad la que empujará a la mayoría de espectadores a subirse en la montaña rusa a la que Nolan nos invita.

La experiencia de ver El origen (una película que es, como las buenas novelas negras, como los trabajos de escritores como Paul Auster, cerebral y existencial al mismo tiempo) es bien curiosa. Cobb (interpretado por Leonardo DiCaprio), un hombre que todavía no puede superar la misteriosa muerte de su esposa, tiene la meta de resolver un último caso si quiere volver a ver a sus hijos. Cobb es un experto en entrar en los sueños de otras personas, pero también se ha convertido, con el paso del tiempo, en un hombre obsesivo que no puede dejar de soñar con su ex esposa. La trama se complica cada vez más, y termina siendo tan retorcida y complicada como la de cualquier novela negra: la película pone en marcha nuestro cerebro tratando de que sigamos el complicado hilo que implica el trabajo de Cobb, al mismo tiempo que nos fuerza a que descifremos el misterio emocional detrás de su tragedia. Es una película de acción contada al ritmo de una película de su género, con velocidad, con un ritmo frenético, pero que al mismo tiempo nos plantea una serie de problemas lógicos, matemáticos y existenciales que nos hacen poner, en nuestra cabeza, pausa a la película para que encajemos los cientos de piezas que Nolan nos propone. El origen anda más rápido que nuestro cerebro.

Pasa una hora y media de película, con nuestra cabeza andando a mil, con todas las piezas sin resolver, y todavía no nos despegamos de la pantalla. La meta-historia de Nolan encuentra siempre una manera nueva para complicarse, para enredarse, y aun así nos rehusamos a no descifrar la ecuación matemática que nos plantea. No nos desprendemos del drama de Cobb porque, como seres humanos, no podemos dejar nunca un misterio sin resolver; también porque tenemos que entender, de cualquier manera, cuál es la clave detrás de la obsesión del protagonista con la muerte de su ex esposa.

Un cínico ingenioso podría calificar El origen como una película de James Bond dirigida por un profesor de matemáticas obsesionado con Dostoyevski. Algo de verdad habría en esa frase. Lo cierto es que, días después de haberla visto, se sigue pensando en ella. La última obra de Nolan se queda implantada en la memoria, y es imposible no buscar nuevas capas entre sus complicadas tramas.

No se me ocurre un mejor cumplido para una película que decir: “Días después de haberla visto sigo con ella en la cabeza”.

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