Pedro Adrián Zuluaga.

El chancro sentimental

"Su argumento y la construcción de personajes confían en que existe un orden psicológico que explica todo; el mundo tiene una consoladora unidad de sentido". Crítica de la películs 'De padres a hijas'

2016/06/28

Por Pedro Adrián Zuluaga

El traumatizado escritor Jake Davis. protagonista de De padres a hijas, compara a los críticos con las cucarachas, después de leer reseñas poco favorables de su nuevo libro. Es un chiste fácil, pero no la única frase hecha de este melodrama familiar de duelos y quebrantos (“Los hombres pueden vivir sin amor, pero una mujer no”, supera con creces cualquier expectativa sobre la capacidad de producir lugares comunes). En la película del director italiano Gabriele Muccino, los personajes incurren en no pocas sentencias que acompañan su previsible viaje hacia el sacrificio, la epifanía o la redención. Porque de estas experiencias, y de personajes con sentimientos desproporcionados, se ha tratado siempre el melodrama.

En De padres a hijas Devis, ganador de un Premio Pulitzer, ha perdido a su esposa en un accidente del que es, o al menos se siente, culpable. Le sobrevive una hija pequeña a la que no parece capacitado para criar. Sus trastornos psicóticos, producto del incidente, complican aún más las cosas. La película rinde culto a esa particular forma de religión norteamericana en que se ha convertido el duelo. Su argumento y la construcción de personajes confían en que existe un orden psicológico que explica todo; el mundo tiene una consoladora unidad de sentido. Más que melodramas a la manera antigua, con su potente encanto y su sobrecarga de emociones, estamos ante un género vergonzante: el drama psicológico. Películas en las que se van enraizando unos códigos, que no son otra cosa que una decoloración del viejo cine del sentimiento con su tremendo arraigo popular. Entre estas convenciones están los grandes bloques de tiempo que permiten ver el desarrollo y la fijación de un trauma, o los flashbacks que organizan el material narrativo para demostrar la relación de causa a efecto entre pasado y presente.

La película de Muccino luce casi tímida, pudorosa frente a un material sembrado de peligros y que invitaba al exceso y el subrayado sentimental: la hija que hereda la fractura emocional del padre, la convivencia familiar averiada y las marcas que esta deja, la confianza en el poder del amor para recomponer los espíritus rotos. Un Xavier Dolan hubiera hecho delicias con un argumento semejante, aunque a su vez lo hubiera arruinado con su necesidad de figuración. El melodrama es una disciplina para equilibristas, pero es muy difícil saber cuál es su justa medida.

A pesar de los tópicos, la corrección y vigilancia con las que Muccino se aplica a la narración en De padres a hijas parece contradecir su origen mediterráneo. En otras épocas, los europeos emigraban a Hollywood para poner en cintura la proverbial ingenuidad del Nuevo Mundo, para aportar ironía, finos –pero no necesariamente más contenidos– modales, en suma, la savia de una cultura más antigua. ¿Cómo olvidar, por ejemplo la estilización y autoconciencia que le imprimió al melodrama un Douglas Sirk? Hoy, los extranjeros que aterrizan en California parecen, en su mayoría, contentarse con ser bufones del reino, y terminan por firmar pauperizadas imitaciones de los viejos géneros canónicos.

Muccino dirigió, en 2001, El último beso; tras el éxito de esta película italiana inició una carrera en Estados Unidos que lo ha llevado a filmar cuatro largos, entre ellos Siete almas y En busca de la felicidad, ambos con Will Smith. En su última aventura dirige a un selecto grupo de actores a la cabeza del cual está Russell Crowe, un bravo héroe que luce falto de aire en su agonía emocional. A su lado, un casting que tal vez hubiera merecido un guion con más brío: Amanda Seyfried y Jane Fonda, entre otras estrellas. Los films norteamericanos de Muccino apremian los sentimientos y el buen corazón de los espectadores, pero evitan los excesos pasionales con los que Sirk definió al cine y al vibrante melodrama, su género favorito:  “El cine es sangre, lágrimas, violencia, odio, muerte y amor”. Sin esa exacerbación el melodrama es un caldo sin sustancia.

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