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El club: “No te voy a perdonar nunca”

El club, pieza maestra de humor negro, cuestiona la idea de que hay seres justificados por una elección de la Providencia: ya se trate de curas que señalan con el dedo a los “elegidos de Dios” o de dictadores que imponen su justicia de facto. Una reseña de Pedro Adrián Zuluaga.

2015/10/23

Por Pedro Adrián Zuluaga

La casa amarilla, aislada en un pueblo de la sexta región de Chile, es, a primera vista, un hogar de buen retiro para cinco personas (cuatro hombres y una mujer) dedicadas a estrictas rutinas y a pequeñas distracciones como entrenar un perro galgo para una competencia regional. “Nos levantamos y rezamos. Después tomamos el desayuno. Celebramos la misa al mediodía. Comemos a la una. Luego cantamos. A continuación tenemos tiempo libre. Rezamos el rosario a las ocho y media hora después cenamos”, dice la mujer, una monja que cuida y ordena el lugar. Pero varias cosas tambalean en este razonamiento inicial: además de la “carcelera”, los cuatro hombres no son todos ancianos, ni se les nota, en conjunto, ningún impedimento físico. Es otro tipo de deformidad el que se sugiere desde el comienzo, primero por el uso de viejos lentes anamórficos, filtros e iluminación natural que le dan opacidad a la imagen y después en la manera como se revela, de golpe, la psicología cuasi infantil de los personajes, la atmósfera enrarecida del entorno y el brutal lenguaje de los diálogos en los que tiene salida un inconsciente sin frenos.

Los cinco protagonistas están confinados en una frontera física y espiritual y el espectador no tarda en saber las razones: son curas que abusaron sexualmente de menores, que traficaron con niños, que callaron más de la cuenta en los tiempos del dictador o que no recuerdan nada de su pasado, en una suerte de amnesia programada. “Es como un pequeño Chile”, dice el director, Pablo Larraín, cuya carrera está asociada a un cine que disecciona los efectos de la represión, la hipocresía y el disimulo en las relaciones sociales de su país. Tanto Tony Manero como Post Mortem, anteriores películas suyas, se ocupaban de los tiempos de Pinochet desde una mirada lateral y sinuosa. Con No, cierre de una especie de trilogía, accedía a un discurso más abierto y luminoso, que en El club deja otra vez de lado para seguir escarbando en las miserias humanas.

En este que es al tiempo drama psicológico, filme político y película de horror, Larraín no solo sigue a sus protagonistas en el encierro al que han sido condenados. Ellos se niegan a aceptar sus culpas o a pedir perdón (al contrario, uno le dice a la responsable de la muerte del perro: “No te voy a perdonar nunca”). Son como niños pillados en un simple juego travieso, que necesitan fuerzas externas que los confronten. Sandokan, habitante del pueblo y víctima del abrazo protector de la Iglesia, se para frente a la casa y grita una proclama delirante, marcada por las vejaciones sexuales que padeció. El tono de la película queda allí sembrado. La imaginación pornográfica y el abuso de poder se darán la mano como si fueran una sola cosa. (“Yo soy el rey de la represión”, afirma el cura acusado de pederastia). El desenlace de este episodio da pie para la llegada de un joven y “muy hermoso” sacerdote jesuita que, con las armas de la razón, trata de poner en orden este microcosmos salido de madre.

El club, pieza maestra de humor negro y excepcional retrato de la banalidad del mal, cuestiona la idea de que hay seres justificados por una elección de la Providencia: ya se trate de curas que señalan con el dedo a los “elegidos de Dios”, de dictadores que imponen su justicia de facto, o de reformadores que enderezan los destinos torcidos. Larraín ataca los cimientos del poder que se cree escogido para separar a buenos de malos, a amigos de enemigos, a nosotros de los otros, a la luz de las tinieblas. Que esa declaración venga desde Chile, un país con casos celebres de pedofilia eclesiástica (como lo muestra El bosque de Karadima, otra película chilena sobre el asunto) y con un “ejemplar” pasado de abusos militares, no es un dato accesorio. Al fin y al cabo lo chileno, en el cine latinomericano reciente, ha reemplazado a lo mexicano como sinónimo de lo abyecto y retorcido. Luis Buñuel o Arturo Ripstein se pueden dar por bien servidos con Larraín como su travieso heredero.

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