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El ejército global de los pillos

Rafael Osío Cabrices reseña Ilícito, de Moisés Naim

2010/03/15

Por Rafael Osío Cabrices

Dice Moisés Naím –ex ministro venezolano de Fomento, director de la revista Foreign Policy– que el 10% del pib global es dinero negro. La expansión del comercio mundial, que ha crecido a un 6% anual entre 1990 y 2000, es varias veces mayor para el tráfico ilegal. En el mismo periodo, pasaron de cincuenta a doscientas los tratados de libre comercio vigentes. Se extendieron los pasajes de avión baratos, las llamadas internacionales de bajas tarifas y el acceso a Internet, así como la apertura democrática y comunicacional en los cinco continentes. Pero al mismo tiempo, esos nuevos y mayores canales para transmitir bienes, datos y personas han servido para intercambiar artículos prohibidos y seres vivos convertidos en objeto de lucro por otras personas. Y la esclavitud, que se creía extinta en el siglo XIX, mueve cuatro millones de personas por año y hasta 10.000 millones de dólares.

El modo en que Naím documenta el panorama global de la ilegalidad en su nuevo libro, Ilícito, expone a países que consideramos prósperos y seguros como desconcertados e indefensos frente al ejército de pillos que va siempre más rápido y desafía todo control, toda frontera, todo muro que se intente ponerles por delante. Coordinan envíos de cocaína desde un cibercafé y luego desaparecen sin que pueda rastreárseles. Venden al mismo tiempo obreros chinos, prostitutas ucranianas y metal para hacer celulares extraído por un comando guerrillero de una selva africana luego de una limpieza étnica. Y luego, tras evadir por años los esfuerzos de policías de distintos países, estos capos consiguen el modo de convertirse en magnates respetables que contratan magistrados, congresistas y jefes de Estado.

Valiéndose de un nivel de contacto y observación extraordinario, Naím ha tenido ocasión de fijarse cómo está cambiando el mundo, y especialmente cómo lo ilegal está dirigiendo las fuerzas más poderosas: las que utilizan la crisis del Estado nación, la cornucopia tecnológica y el adelgazamiento de las barreras geográficas para hacer mucho, mucho dinero sin respetar las leyes. No habla desde el escándalo moral ni desde el “sálvese quien pueda”. En primer lugar, despliega ante los temerosos ojos del lector la riqueza y el tamaño del problema, y en segundo, se adentra en lo que hay que hacer para este planeta no termine de convertirse en una versión multiétnica y recalentada del Salvaje Oeste.

Son muchas las historias tanto de fracaso como de éxito (entre estas últimas, una ocurrida en Colombia) en las más de 400 páginas de Ilícito. El capítulo que explora el comercio internacional de armas induce a añorar el cierto orden que había durante la Guerra Fría. Y el que examina la manera en que están actuando los gobiernos explica cómo el movimiento de personas y bienes que caracteriza al presente hace tan difícil que entre tantos ciudadanos y containers sea posible detectar la manzana podrida: la joven cuyo esófago está repleto de dedales de droga o la ojiva nuclear que un antiguo burócrata del Ejército Rojo acaba de vender a un mujahidin que se prepara para la Guerra Santa.

Hay que saber la verdad, aunque duela: las viejas nociones occidentales de la ley y el orden, de los buenos y los malos, no son mucho más que suntuosos fósiles vivientes. No todo está perdido, pero los mafiosos mandan más que los políticos, cuando no son la misma gente.

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