RevistaArcadia.com

El encantador de serpientes

Carlos Andrés Almeyda Gómez reseña Nuestro hombre en la DEA, de Gerardo Reyes

2010/03/15

Por Carlos Andrés Almeyda Gómez

La idea que más atrae en este libro del periodista Gerardo Reyes es precisamente aquella que permite que la lectura propia a la guerra contra el narcotráfico pueda hacerse desde un ángulo que promete algo de fecunda complicidad con el lector. Me refiero a los saltos en el tiempo y a esos espacios lejanos a la manía propiamente informativa. La elección de contar la historia desde la vida de Carlos Ramón Zapata y Juan Gabriel Úsuga –los Cíclopes- cuando escalaban en el mundo de la mafia, junto a la vida del fotógrafo Baruch Vega, rodeado del jet-set del modelaje, colaborador de la CIA en operaciones anticomunistas y finalmente negociador de penas en la Operación Milenio, es acertada. Vega fue alguna vez, nos dice el libro, aquel estudiante que atendiera el sabio consejo de su padre: “Si yo seguía a las mujeres bellas, ellas me llevarían hacia los hombres de más éxito en el mundo”.

Gerardo Reyes se acerca a la literatura en tanto su indagación sobre la ‘filosofía de la delincuencia’, y le sirve de pretexto para otros asuntos: sus rencillas familiares o el porqué de su entrada a la ilegalidad. Así aparece Carlos Ramón Zapata, estudiante de Medicina que perdió un ojo luego de una pelea con su padre y a quien el narcotráfico llevaría a una concluyente disyuntiva: “Definir si su futuro estaba en salvar vidas o envenenarlas”. Al otro lado, Juan Gabriel Úsuga, ingeniero con la misma limitación de Zapata y autor de un “un frío manual de inducción al proceso penal” en el que enseñaba a sus colegas sobre “lo que les espera en Estados Unidos”. La prosperidad financiera de los Cíclopes se relata en algunos episodios referidos por Vega, como aquel paseo por el Mediterráneo en el que aquellos nuevos ricos resuelven llegar borrachos y acompañados por “la vaina más horrible del mundo entero, dominicanas y putas de Cali, de esas chiquitas gordas y unos cancanes horribles”.

Sin desprenderse de la crónica sobre el negocio de la droga, el caso de “La Gorda”; el envió de cocaína a través de isocontenedores de la BASF; la participación de los paramilitares en el negocio del narcotráfico, o la guerra contra Pablo Escobar emprendida por sus enemigos comunes, el argumento alterno le da equilibrio al libro. Empeñados en “invertir dinero en proyectos filantrópicos, en obras de arte y en ayudar a estudiantes de bajos recursos”, reúnen a un grupo de científicos con el fin de producir un “suero autoinmune contra otro veneno social, el sida”. Escriben además Narcotráfico como problemática mundial: fundamentos de una propuesta para la paz de Colombia, ensayo condenatorio que no tardó en llegar a manos del jefe de las AUC, Carlos Castaño, por entonces ‘abanderado’ de la guerra contra las drogas.

Por su parte, el otro personaje, Baruch Vega, se acerca a toda suerte de excéntricos personajes, como Viviane Ventura, autora de Guide to social Climbing, “manual para mujeres trepadoras con instrucciones sobre el arte del arribismo”.

El trasunto farandulero y exorbitante del dinero sigue dibujando una caricatura del narco en subida, “tinas rebosantes de champaña, bandejas de cocaína all you can sniff” y una nutrida lista de celebridades que en algún momento hacen su aparición, ya sea mediando en disputas de narcos, como la modelo Natalia París, o aportando gruesas cantidades de dinero para participar del negocio -aquí el financista español José María Clemente Marcel o el príncipe Anwar Bin Fawaz Nayef Al-Slaalan.

En Nuestro hombre en la DEA, Gerardo Reyes no rompe con el compromiso periodístico y suma a la ya extensa biografía del tema un apartado digno de lugar, quizá preponderante sobre su carácter de crónica y con algo más de vida que la que los premios editoriales suelen dar a este tipo de investigaciones.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.