El ensayista

Alejandro Gaviria reseña "El león y el unicornio y otros ensayos" de George Orwell.

2010/09/11

Por Alejandro Gaviria

“Antes que todo, George Orwell era un ensayista”, escribió recientemente George Packer, uno de los editores de sus muchos ensayos y piezas periodísticas. Sus primeras piezas publicadas fueron ensayos, como lo fueron sus últimos escritos, compuestos ya en su lecho de muerte. Durante algunos pasajes de 1984 —escribió el mismo Packer— la superficie de la novela se fractura, cede irremediablemente a la presión del ensayista. Orwell no cuenta simplemente; su talante es otro, proclive a las explicaciones, al diálogo permanente consigo mismo.

 

Los quince ensayos compilados en este libro revelan con claridad ese talante. Deliberadamente, tal vez, la compilación excluye los dos ensayos más conocidos del autor: La política y el idioma inglés (una denuncia de las mentiras del poder) y Matar a un elefante (un relato sobre las trampas del poder). En cambio incluye otros ensayos menos conocidos pero muy reveladores. Los ensayos que “se recogen en este volumen vienen a constituir, para entendernos, una selección de las caras B de una discografía esencial. Y cualquier buen melómano sabe que al dorso de los grandes éxitos es donde se encuentran auténticas joyas”, escribe Miguel Martínez-Lage en el prólogo del libro.

 

En su ensayo sobre Rudyard Kipling, “un buen mal poeta”, Orwell sugiere una interesante paradoja: la de un escritor que siempre se identificó con el poder gobernante, lo cual lo hizo en cierta medida despreciable pero le otorgó, al mismo tiempo, un sentido de la responsabilidad, un realismo sincero, una comprensión de los problemas del mundo de la que carecen los opositores eternos, cuyas críticas contienen la actitud negativa y quejumbrosa de quienes nunca han ocupado ni esperan ocupar nunca ninguna posición de poder. En su ensayo sobre Henry Miller, En el vientre la ballena, Orwell plantea un dilema de otro tipo. Orwell defiende la resignación del novelista americano, su quietismo, el despojamiento de los terrores de la realidad mediante la sumisión a la realidad misma. Aceptar el mundo, registrarlo sin resistirlo (o registrarlo para resistirlo) constituye, en opinión de Orwell, una posición encomiable. Ética y estéticamente.

 

En su ensayo sobre Inglaterra, El león y el unicornio, escrito en 1940, en medio de la guerra, Orwell plantea otra paradoja. Menciona inicialmente los muchos defectos de la sociedad inglesa: el clasismo, el esnobismo, la decadencia de su clase dirigente, el patriotismo universal, de ricos y pobres, etc. Prácticamente cualquier inglés que tenga sus orígenes en la clase obrera considera afeminado pronunciar correctamente una palabra extranjera, escribe con resignación. Pero ese patriotismo, dice después, “esa unidad emocional” resultó providencial ante la amenaza fascista. En tiempos de guerra, sugiere Orwell, el vicio del patriotismo se convierte en una virtud. En retrospectiva el argumento es obvio. Pero sus contemporáneos, los intelectuales en particular, nunca lo entendieron.

 

Orwell nunca renegó de su condición de escritor político. Por el contrario, en su ensayo más personal Por qué escribo, la defiende con vehemencia: “Al repasar mi obra, veo que de manera invariable, cuando he carecido de un objetivo político he escrito libros exánimes”. Pero sus intereses políticos nunca lo desviaron de su búsqueda de la verdad. Este año se cumplen 60 años de la muerte de Orwell; una razón más para leerlo y celebrar su mensaje fundamental, a saber: sin claridad en la escritura no hay claridad moral. Y viceversa.

 

El león y el unicornio y otros ensayos

Geoge Orwell

Fondo de Cultura Económica, 2009

236 páginas $52.000

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