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El éxito de un fracaso

Felipe Cala Buendía reseña Parmenides del escritor argentino César Aira

2010/02/09

Por Felipe Cala Buendía

Es ya un lugar común afirmar que César Aira es uno de los escritores más prolíficos de las letras argentinas, y acaso también lo sea de las latinoamericanas. No deja de sorprender su frenético ritmo de publicación, con un promedio de dos o tres novelas al año; esto sin contar sus cuentos, obras de teatro, ensayos y traducciones. En semejante prontuario, se cuentan una meritoria traducción de Maus (1994), la clásica novela gráfica de Art Spiegelman, y excelentes novelas como Cómo me hice monja (1993) y El mago (2002). Pero, como es bien sabido, cantidad no siempre significa calidad. A pesar de haber sido proclamado, en numerosas ocasiones y por prominentes críticos, como el escritor más importante de su generación, César Aira se encuentra bastante lejos de autores como Ricardo Piglia o Roberto Bolaño. Al fin y al cabo, es natural que de tanto correr se tropiece alguna que otra vez. En esta ocasión, con Parménides, el argentino nos presenta uno de estos tropezones.

Hace algunos años, acaso simultáneamente con la escritura de esta novela, Aira se refería a lo que consideraba una mal atribuida fama de metaficcionalista, es decir de exhibir en sus obras las costuras literarias y reflexionar en ellas sobre la propia escritura. Pues bien, con la publicación de Parménides, Aira probablemente no podrá volver a hablar de malas atribuciones en este sentido. Situada en la Grecia del siglo V a.C., la novela nos revela lo tortuoso del proceso de la creación literaria: “Los que dicen que escribir es agradable, o mienten o son malos escritores”, afirmó hace poco en Arcadia François Weyergans. Así, y a través de los malabares de Perinola, un poeta a sueldo contratado por Parménides, Aira presenta la historia de una escritura imposible encomendada a un escritor que no escribe. Durante casi diez años de conversaciones circulares, el poeta se devana los sesos por comprender las intenciones de su patrón y asir, de una forma u otra, la materia del encargo. Sin embargo, todos sus intentos son infructuosos, pues Parménides quiere que su libro trate de cualquier cosa, de todo o de nada, o de las dos cosas a la vez.

No suena mal, pero lamentablemente la trama no hace a la novela, y una buena historia no es garantía para su ejecución. Por fortuna, Aira parece haber abandonado el descuido voluntario de su prosa, ahorrándole al lector la perplejidad ante los frecuentes descalabros gramaticales o lexicales. Pero con escasas 125 páginas, la historia parece en ocasiones interminable. Ya al iniciar el quinto capítulo y con cuatro más por delante, el autor nos anuncia lo que vendrá: “A partir de entonces, podría decirse que no pasó nada, salvo el tiempo”. Y así es: a partir de ahí, no pasa nada, salvo 65 páginas de más. Es, en definitiva, una historia sosa que, como el político que la protagoniza, promete mucho sin concretar nada. Esto dejando de lado los estereotipos que son los personajes, un yuppie presocrático y un escritor varado, pues éste es ya un rasgo característico del escritor, así como un motivo de glorias y aleluyas por parte de algunos críticos.

En últimas, Parménides es la encarnación del libro que Parménides quería escribir. Trata de todo y de nada, y no es más que una excusa para que Aira presente su propia visión sobre temas tan variados como la escritura, la amistad, las clases sociales o el matrimonio. En este sentido, logra lo que Perinola parece incapaz de hacer. ¿Quién escribe para quién? Es éste un guiño de gran ironía, que nos salva de la desesperanza por las decenas de libros que seguramente le sucederán.

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