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El Experimento de Cantet

Nicolás Mendoza reseña la película del director francés Laurent Cantet, La Clase

2010/03/15

Por Nicolás Mendoza

Es lunes por la mañana en un colegio de un suburbio parisino. En el ambiente se siente un ánimo particular, la mezcla única de pereza y entusiasmo del primer día de clases. Monsieur François Marin, el profesor de francés, empieza el primer día con una observación elemental: si los estudiantes toman cinco minutos para entrar, cinco para hacer silencio, y cinco para salir, la hora de clase se reduce a cuarenta y cinco minutos. Si se multiplica por el número de clases en el año, los alumnos se verán privados de una cantidad importante de horas de clase, algo grave si se tiene en cuenta que en el futuro deberán competir contra estudiantes de otros colegios que probablemente sí tuvieron sus horas completas. Una alumna alza la mano, la cámara gira rápidamente hacia Mr. Marin, él le da la palabra a la chica, la cámara gira de nuevo y ella le dice que no entiende de qué está hablando porque las clases en realidad son de cincuenta y cinco minutos.

Este primer intercambio marca el tono de todo lo que ha de seguir: un interminable discurrir entre partes que por lo general no hablan el mismo lenguaje. Un diálogo que no necesita tener sentido porque su razón de ser es el lugar: los muros del salón son como un paréntesis, un paréntesis que necesita llenarse con algún texto. El título original de la película Entre les murs [Entre los muros] parece apuntar en este sentido: la película quiere mostrarnos las entrañas del espacio educativo con todos sus grandes y pequeños momentos de gloria y tragedia.

La película es como la punta de un iceberg, la parte visible de un largo proceso que inicia con el libro Entre les murs en que François Bégaudeau hace una crónica de sus experiencias como profesor dentro del sistema educativo francés. Luego el director Laurent Cantet decidió usar el libro como base para un experimento cinematográfico. “Cuando empezamos a trabajar en este proyecto realmente no sabíamos si al final resultaría una película, era solo un experimento. Tan solo pusimos 25 niños en un salón de clases, tratamos de improvisar con ellos y tratar de ver si de ahí podía salir una película y, dos años después, acá estamos”, contaba Cantet en la rueda de prensa tras recibir el premio a mejor película extranjera en los Spirit Awards.

El resultado del experimento de Cantet es una película veloz y natural. La velocidad está dada por la fluidez con que se discute. Es difícil pensar que hay un libreto. Esta fluidez pone la cámara a rebotar por todo el salón, al tiempo que las ideas chocan y se transforman. Hay algunas escenas que fácilmente superan en tensión a una batalla de sables entre dos Jedis. La naturalidad es producto del trabajo en improvisación. Un detalle encantador es cómo un conflicto que se presenta entre Mr. Marin y una alumna se resuelve: sencillamente un buen día se vuelven a dirigir la palabra y ya. Así es en la vida real. Paradójicamente, esta naturalidad es también el punto débil de la película, ya que el más mínimo error delata la ilusión entera. Dos detalles se encargan de romper el encanto. Por un lado tenemos la historia de Souleyman, el estudiante africano que resulta expulsado: un conflicto adornado con todo tipo de elementos para hacerlo más dramático. Por otro lado, la escena final en la que Esmeralda (una de las alumnas) habla de La República de Platón. La referencia es interesante para hacernos pensar cómo el método socrático, reflexionar a través de preguntas, se parece a lo que los estudiantes hacen con Mr. Marin. Pero es imperdonable porque citar a Sócrates para explicar la película en un momento inoportuno, en boca de un personaje improbable, es gula.

La clase es, sin duda, una buena película, un experimento afortunado y bienvenido, pero está lejos de ser la mejor del 2008, como podría suponerse si nos guiáramos por los premios que la engalanan.

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