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El hijo de Eloísa Garzón

Miguel Silva reseña el libro de Julio Sánchez Cristo, Lucho

2010/03/15

Por Miguel Silva

La característica más importante de un buen entrevistador es su aparente inexistencia. Un entrevistador que habla demasiado, se convierte en alguien que utiliza al entrevistado como un escenario para hablar de sí mismo. A su vez, un entrevistador que no lleva la entrevista, que no la conduce, que deja que se vaya por cualquier parte, es un instrumento del entrevistado. Con los dos el lector se siente defraudado.

No es el caso del libro escrito por Julio Sánchez Cristo, publicado por Aguilar, que contiene la entrevista del periodista al ex alcalde de Bogotá.

En su primera incursión en el periodismo escrito con un libro hecho y derecho (Sánchez Cristo escribe también de cuando en cuando en revistas), ha demostrado que lo que lo ha convertido en el periodista más relevante de la radio colombiana en la actualidad no es su voz, su conocimiento de la política o su capacidad para crucificar a los malvados en tiempo real. Lo que lo hace diferente es su capacidad para descubrir lo más profundo de una persona en pocas preguntas.

Yo había leído algunos comentarios sobre el libro y, la verdad, el cubrimiento centrado en lo político y lo coyuntural no me despertaba curiosidad. Se trata, pensé, de un acto prematuro de lanzamiento de una candidatura presidencial.

Pues nada más alejado de la realidad porque lo menos importante del libro son las pretensiones presidenciales de Lucho, que son evidentes, o las voces de alerta de Sánchez Cristo sobre la emboscada que podría suponer para Lucho el Polo Democrático Alternativo (ese partido que se veía tan bien hasta que se estancó en una marcha contra las Farc), que son bastante realistas.

Lo verdaderamente importante del libro es que Julio Sánchez Cristo logra allí lo que mejor sabe hacer: abre las puertas del corazón de Lucho. Y lo hace de la misma manera como abre las puertas del corazón de Lorena, una empleada doméstica en Barranquilla, en una entrevista que el propio Julio incluye en el prólogo, que es maravillosa. Luego de transcribirla, cuenta Sánchez Cristo que recibió una llamada de Lucho, quien le dice emocionado:

“Hermano, estaba escuchando con mi mamá esa llamada. Me llegó al alma. En esa Lorena estamos todos”. Y agregó el alcalde: “¿Usted no se da cuenta de que Samuel y Peñalosa, que gatearon en tapete, que nacieron en Miami, ahora están tratando de demostrar que ellos también son hijos de muchacha del servicio?”.

La anécdota pinta a todos en su mejor momento. A Julio, cuando entrevista gente humilde, no a los poderosos o a los malvados. A Lucho, cuando habla de temas terrenales. A los dos ante quien no ha sufrido.

El libro es extraordinario porque muestra a Lucho tal cual es. La parábola de Lucho completa. Su historia personal de manera descarnada. El hijo no reconocido de Eloísa Garzón (el libro, todo, es un homenaje a ella), el testigo silencioso de lo que ocurre en la casa de los patrones, el caddie del Country, el adolescente arribista que quiere negar sus orígenes, el estudiante incompleto, el líder sindical en ciernes, el líder sindical maduro, el hombre maduro padre de dos hijos, separado prematuramente, alcoholizado por la nimiedad de la burocracia sindical y, después de todo eso, el hijo de Eloísa convertido en líder ciudadano, en otro Nicolás Buenaventura, un socialista humanizado, el hijo de la empleada doméstica cuya dignidad ha heredado y que lo hace fuerte.

Estoy seguro de que, dado el ruido mediático, habrá muchos lectores que, como yo antes de leerlo para esta reseña, lo darán por leído. Pero si llegan a decidirse a leerlo se encontrarán con el mejor Julio, el que sabe escudriñar el alma sin hacerse sentir demasiado, lentamente pero con precisión de cirujano; y con el mejor Lucho, el que supera con creces al único gobernante que tiene la izquierda para mostrar y al cual ya, desde ahora, la propia izquierda empieza a llevar al ostracismo en esa neurosis de fracaso que la caracteriza desde el comienzo de los tiempos en nuestro país.

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