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El hombre de diamante

Leonardo Moreno reseña la última novela de Enrique Serrano, El hombre de diamante

2010/07/13

Por Leonardo Moreno

Enrique Serrano (Barrancabermeja, 1960) ha escrito de nuevo sobre un personaje histórico. En esta ocasión, se trata de Antonino de Scaptopara, narrador de la vida de Orígenes de Alejandría, uno de los padres de la Iglesia que vivió entre los siglos ii y iii de la era cristiana. Y lo hace bajo la forma de una anécdota, palabra que en este contexto tiene el sentido de una historia secreta, poco conocida o no publicada sobre un personaje.

Antonino es un esclavo liberto que decide escribir la obra en homenaje a su amo. Por el texto sabemos que en el año 258, en la lejana Tracia, se libraban batallas al interior y al exterior de la naciente iglesia. Formalmente, el relato es bastante lineal, y el orden cronológico nunca se interrumpe. La prosa de Serrano trata de ser clara, y busca ser emotiva. Pero la emoción nunca llega por la tendencia de Serrano a usar símiles gratuitos y metáforas cojas y a arrojarle al lector grandes bloques de opiniones en lugar de detalles. La documentación de Serrano no está en duda, pero el libro falla pues no logra transmitir la emoción que él sintió al escribir.

Antonino, el narrador, no sabe si creer. Serrano no logra, por extraño que suene, hacer clara esa confusión, es decir, transmitir el conflicto interno del personaje, y a la larga parece solo un desbarajuste. De hecho, la voz del narrador es como un zumbido incómodo que nunca cesa. Incluso si el texto quisiera ser visto como un ensayo, Serrano no lograría convencer ni transmitir interés por los debates dogmáticos de la época. Su pluma parece tan confundida como Antonino.

Las novelas que surgen de un hecho o personaje específico del pasado lo ponen a uno a pensar hasta dónde debe el autor alterar la historia con el solo objetivo de contar. Sería inútil considerar únicamente la manera en que hablan los personajes o los detalles eruditos que le dan realismo a una obra: el problema es que una novela depende mucho más del cómo antes del qué. Reavivar el interés por el pasado siempre es bueno, y reflexionar sobre el papel definitivo de los primeros años de la cristiandad en la definición del dogma es un tema apasionante tanto para creyentes como para quienes no lo somos. En este sentido la obra de Serrano es útil. Como novela es, a lo sumo, innecesaria.

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