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El inmigrante

Santiago Espinosa reseña el libro de poesía de Robert Max Steenkist, Las excusas del desterrado

2010/07/31

Por Santiago Espinosa

“La escritura es un destierro”, decía el paraguayo Augusto Roa Bastos, y lo dice en un siglo en el que la literatura, entre las guerras y las inmigraciones masivas, sería impensable sin el trabajo de los exiliados; de esos escritores que por razones políticas, o por el simple hecho de pertenecer a una raza, tuvieron que vivir en conflicto con el país donde nacieron. Por eso es que escribía Edward Said, crítico palestino: “El exilio se ha constituido como el mayor motor de cultura en Occidente”.

De esta situación, que es uno de los tópicos más poderosos de la literatura, nace la poesía de Robert Max Steenkist. Poeta bogotano, hijo de holandés y colombiana, y que ahora publica su primer poemario. En Las excusas del desterrado Max Steenkist rastrea el pasado de los suyos, indaga en sus raíces holandesas y confirma que el desarraigo, ese sentirse ajeno al país donde habita, podría ser el resultado de sus propios orígenes. Nos dice en el poema que abre el libro: Esto no lo escribo yo mismo/ me acompañan los viajeros oscuros/ que he podido ser.

Pero el destierro solo es un punto de partida. No es este un libro anecdótico, que cuenta de su historia personal cómo el tío amargado, nostálgico, pasa las tardes haciendo árboles genealógicos. Nada de eso. El destierro, aquí, es una manera original de mirar el mundo. Como el tipo que viaja y encuentra el misterio donde los locales ven obviedades, así opera el ojo de Max. Señala Juan Manuel Roca, un poeta al que los versos de Max le deben mucho: “La poesía de Steenkist expresa lo que se esconde y esconde lo que se ve, en un juego de contrarios rico y diverso”.

Esta mirada es, precisamente, lo que hace del lenguaje de todos los días, trillado y vuelto a trillar, una herramienta poderosa que sorprende. Aun hoy / zarpada la barca hace siglos/ sorteamos galerías/ para llegar a puertos desconocidos, nos dice Max Steenkist sobre la rutina. Así quiero que mueran las olas/ que revienten el pecho de muchos caballos de agua, dice sobre las mareas, o esta otra cita sobre la soledad en las ciudades: en la casa donde el padre cena solo/ todas las bombillas confabulan…

Hay en este libro una ciudad aterradora, algo que no termina de pasar y que produce vértigo. Max Steenkist ha encontrado un tono, y una extraordinaria capacidad para sugerir imágenes: ¡Que haya un billete que nadie recoge/ y una navaja abandonada sobre la mesa de recaudos!

Poesía decantada, que observa con cuidado y que se sabe observar, sin onanismos y sin los típicos clichés de un poeta que comienza. Es Max Steenkist un escritor joven, sí, pero que de seguir por este camino ya nos dará buenas razones para hablar de él. No en vano y pese a su edad, ya ha sido incluido en dos antologías internacionales: en Venezuela, hace unos días, y en un libro que saldrá en México próximamente.

Cuando nos hemos vuelto expertos en matar la memoria, Max nos habla de la importancia de tener con el pasado las cuentas claras. En el país de los desplazados, que manda inmigrantes hasta en las ruedas de los aviones, se habla de la importancia de pertenecer a una tierra. Solo estas razones ya hacen recomendable su lectura: sus poemas vuelven a recordar que la poesía, más que una herramienta para mostrar la realidad, que el vano ejercicio de imitarla como lo haría un pintor naturalista, podría ser un intento del poeta para poder asumirla. De ahí que este libro del destierro sea, paradójicamente, otra manera de residir en el mundo.

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