El inútil combate

Juan Carlos González reseña "Retorno a Brideshead (Brideshead Revisited, 2008)" de Julian Jarrold.

2010/12/15

Por Juan Carlos González A.

“Solamente quería encajar”, le responde Charles a Sebastian, luego de que éste lo ve arrodillarse y persignarse a imitación suya al entrar a la capilla familiar del Castillo de Brideshead. Esa es la frase clave que define su conducta y a esta película, Retorno a Brideshead (Brideshead Revisited, 2008), adaptación de la notoria novela de Evelyn Waugh publicada en 1945.

 

Charles Ryder —Ícaro tan ambicioso como dubitativo— cae deslumbrado ante el lujo de la mansión de la familia Flyte. No era difícil que eso pasara. Estudiante de primer año de historia en Oxford, pero aspirante a ganarse la vida como pintor, Charles proviene de una familia londinense modesta. En el campus conoce a Lord Sebastian Flyte, un díscolo heredero —homosexual y alcohólico— que le enseña un potosí de lujos, placeres y sensaciones a los que sencillamente no puede resistirse. Por eso trata tan desesperadamente de encajar. Esta es la historia de su fracaso, la historia de un hombre que no supo ver las fronteras de sus propias limitaciones y quiso hacer suyo un mundo al que no iba a pertenecer nunca. Lo separaba un abismo social, sexual, de fe.

 

Cuando la película empieza estamos en la Segunda Guerra Mundial. Paradójicamente es el final de este relato, pues está narrado todo en un flashback. Charles solo tiene certeza de su nombre. “En cuanto al resto, mis amores, mis odios, hasta mis deseos más profundos… ya no podría decir si esos sentimientos son míos o si se los robé a las personas que alguna vez anhelé ser. Ahora que lo pienso, hay un sentimiento que sí es mío. Uno solo entre todos los prestados y los heredados, tan puro como esa fe de la que aún sigo huyendo. Es la culpa”.

 

Ese monólogo interior de Charles resume toda su lucha interna, todo ese inútil y caprichoso combate que hay entre el ser y el desear, que lo dejó solo, con la pírrica conquista de un Castillo que lo atraía como imán, pero sin los seres a los que quiso y a los que inadvertidamente tanto daño causó. Ahora siente culpa, como quien teme estar transgrediendo designios divinos. Parece que el contacto con los creyentes habitantes de Brideshead sembró algo auténtico en él. Por fortuna.

 

Retorno a Brideshead hace parte de un género del cine británico conocido como heritage cinema. El término fue acuñado por el crítico Charles Barr para definir a cierto tipo de películas patrioteras de los años cuarenta que hicieron directores como Carol Reed y que “reinventan y reproducen —y en algunos casos simplemente inventan— un patrimonio nacional para la pantalla”. En los años ochenta el género tuvo su período de esplendor, gracias sobre todo a los filmes del trío compuesto por el director James Ivory, la guionista Ruth Prawer Jhabvala y el productor Ismail Merchant, como Habitación con vista, Maurice, Howards End y Lo que queda del día. La versión televisiva de Retorno a Brideshead —protagonizada por Jeremy Irons en 1981— también contribuyó al éxito de esta tendencia de filmes de época, que pese a ser catalogada de insular, conservadora y elitista, persiste en cintas recientes como Expiación y La duquesa.

 

El derroche caracteriza a estos filmes en los que la arquitectura y la ambientación son tan importantes como la historia que se nos cuenta. Lograr un balance entre forma y relato es su reto. Creo que el director Julian Jarrold no alcanza a conseguirlo esta vez. Charles pasaría toda su vida contemplando el castillo de Brideshead. Nosotros quisiéramos saber realmente por qué.

 

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