RevistaArcadia.com

El jardinero triste

Juan Pablo Calixto reseña el libro de cuentos de Haruki Murakami, Sauce ciego, mujer dormida

2010/03/15

Por Juan Pablo Calixto

Si fueran las cinco de la mañana y Haruki Murakami (Kioto, 1949) viviera en Hawai seguramente estaría trotando sobre el filo del mar. Si fueran, en cambio, las seis de la tarde y estuviera en Nueva York o en Tokio tomaría algún coctel en la barra de un bar y estaría oyendo jazz. ¿Qué estará haciendo ahora Haruki Murakami?, se pregunta el lector de Sauce ciego, mujer dormida, extrañado ante el cosmopolitismo, por un lado, y el intimismo por el otro, de estos 24 cuentos. Quizá sentirá una mezcla de alegría, decepción y mucha nostalgia. Alegría porque, aunque Murakami se revele sobre todo como escritor de novelas, estos relatos tienen el ritmo y la melodía característicos de sus textos largos. Decepción, en segundo lugar, por la simplicidad y monotonía de algunas historias, “El año de los espaguetis”, o “La tía pobre”; y por querer que todos los cuentos sean perfectos sin serlo. Y por último, nostalgia, porque hasta su historia más festiva, “El folklore de nuestra generación: prehistoria del estadio avanzado del capitalismo”, es una reflexión melancólica del mundo contemporáneo visto desde las relaciones sexuales.

Murakami dice en el prólogo: “Si escribir novelas es como plantar un bosque, entonces escribir cuentos se parece más a plantar un jardín”. Leer Sauce ciego, mujer dormida es recorrer 24 años (desde 1981 a 2005) de la vida literaria del más celebrado de los autores japoneses contemporáneos, es caminar placidamente por el paisaje que han dejado sus invenciones, sus extrañas metáforas, pero sobre todo, sus inteligentes improvisaciones, como en un solo de Charlie Parker en el jazz.

De los primeros años de la antología cabe resaltar “El espejo”, una narración con tendencia al terror y a la pesadilla. De similar argumento son “La chica del cumpleaños”, y “Somorgujo” ambos ambientados en habitaciones poco iluminadas, con personajes comunes envueltos en extrañas circunstancias. Ninguno llega a lo sobrenatural porque el mismo Murakami descree de tales posibilidades: sencillamente dejan una vaga sensación en la boca.

Particularmente hay tres cuentos notables en esta selección: “La tragedia de la mina de carbón en Nueva York”, “La luciérnaga” y “Los gatos antropófagos”. Los dos primeros comparten en tema del suicidio, y los dos últimos fueron incorporados en las novelas Tokio blues y Sputnik, mi amor, respectivamente. Y son admirables porque reflejan la minuciosidad, la detallada arquitectura y la inquietante melancolía que caracterizan las obras de largo aliento del japonés.

Murakami ha confesado sus influencias: de García Márquez a Carver y Salinger, y especialmente Kafka. De este último dijo alguna vez que le gustaba porque había tratado de escribir de una manera distinta, rompiendo con lo establecido. En Murakami se siente la impronta de los cuatro. Y por eso mismo, muchos afirman que es un escritor occidentalizado porque, además, sus personajes toman Coca-Cola o fuman Marlboro, “así es el mundo —dice el autor—, no sería creíble si mis personajes no lo hicieran”. Amante de la música, Murakami ha construido una obra literaria marcada por el jazz, las calles de Tokio, los gatos, el mar, todos personajes fundamentales a lo largo de sus páginas.

Los caminos trazados por Murakami están inundados de altibajos, como las crestas de una ola que nos arrastra. Es en esas subidas y bajadas, donde se ubica su profundidad literaria. Libre de pretensiones arrogantes Murakami ha labrado ese jardín perfumado con una gran variedad de elementos, algunos no tan llamativos, pero al fin parte del paisaje, como los silencios en una composición musical. ¿Qué estará haciendo ahora Haruki Murakami? Al cerrar el libro, el lector seguirá sumergido en la soledad que dejan sus textos. Eso es lo que queda después de leerlo: una enorme y dulce soledad.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.