El libro de los etcéteras

Carlos Andrés Almeyda reseña "El vértigo de las listas" de Umberto Eco.

2010/06/22

Por Carlos Andrés Almeyda

Como parte de una serie de conferencias y exposiciones realizadas en el Louvre de París en noviembre de 2009, Umberto Eco reúne en El vértigo de las listas una compleja aunque breve selección de apartes literarios, pinturas e imágenes de toda índole (aquí se habla tanto de listas verbales como de listas visuales), alrededor del concepto y usos de la lista como modo de representación del universo en tanto materia infinita que pueda –mediante catálogos, elencos o enumeraciones– ser nombrada en aras de hacer comprensible aquello que a simple vista parece inabarcable.

La idea de la lista como paradigma de estas actividades proviene, según lo explica Eco en su prólogo, de los afectos juveniles que nutrieron lo que hoy día puede verse en sus novelas —de las cuales el autor ha incluido en este libro algunos fragmentos—, desde textos medievales y letanías de santos, obispos y doctores, hasta aquellos pasajes en que el Leopold Bloom de Joyce enumera, ya en el penúltimo capítulo del Ulises, la lista de cosas que contiene el cajón de su mesa de noche. Desde el escudo de Aquiles descrito por Homero, quien parece ya oscilar “entre una poética del ‘todo está aquí’ y una poética del ‘etcétera’ ”, hasta las listas que dan cuenta de los gustos y repelencias de Roland Barthes: “Me gusta la lechuga, la canela, el queso, los pimientos (…) la cerveza excesivamente helada, las almohadas planas, el pan tostado, los puros habanos...”, o las listas de George Perec, al hacer un inventario de “cosas estrictamente visibles” o al enumerar recuerdos baldíos como el nombre de una película o el hecho de sentirse orgulloso al saber muchas palabras derivadas de “caput”, como “capitán, capó, chef, chola, capital, capítol, capítulo, cabo, etc.”

Sumado a la selección literaria llevada a cabo por Eco —que incluye autores como Neruda, Rimbaud, Rubén Darío, Thomas Mann, Prevert, Proust, Rabelais, Villon, Withman, Shakespeare, Wilde, Milton, Montale, Goethe, Éluard, etc., etc.—, resalta el concepto de lista visual como forma de apoyo al imaginario escrito que acompañó la muestra así como las páginas de este libro. El sentido de la lista figurativa permitiría así mismo, según afirma Eco, romper con el marco que delimitaría su significado para posibilitar una búsqueda de los etcéteras visuales. Por ello, la selección abarca desde la pintura como elemento pleno de significados y enumeraciones, pasando por colecciones de objetos, esculturas, plantas, insectos, vitrinas de almacén, instalaciones artísticas, hasta cerámicas, íconos y piezas de orfebrería; desde el arte religioso o los códices hasta el surrealismo o las latas de sopa Campbell de Andy Warhol.

Eco explica que las listas convienen en dar un orden y hacer accesible aquello que de otra forma nos sería harto dispendioso conocer. De allí la labor pedagógica que este libro se propone: las listas, las exposiciones, los catálogos, las muestras, las enciclopedias y los diccionarios sirven como catalejo para la empresa que supone lo desconocido.

“La lista —como expresara el autor en una entrevista reciente con Der Spiegel—, no destruye la cultura sino que la crea”. Por ejemplo, las que reúnen toda clase de especies de insectos o las que hablan de fetos monstruosos cuidadosamente conservados en alcohol. O listas como el índice de Emmanuele Tesauro en su Catalejo aristotélico, quien propone todo un repertorio de metáforas para poder acceder al conocimiento, “lo pequeño, lo grande, lo largo y lo corto (…), lo visible y lo invisible, lo Aparente, lo Bello o lo Deforme, lo claro y lo oscuro, lo blanco y lo negro…”.

 

El vértigo de las listas

Umberto Eco

Lumen, 2009

408 páginas $195.000

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