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El libro negro y Estambul

Juan Gabriel Vásquez reseña los libros de Orhan Pamuk Alfaguara, 2001 584 páginas

2010/03/15

Por Juan Gabriel Vásquez

Cualquier cosa que digamos sobre las características generales de una ciudad, sobre su alma o su esencia, acaba convirtiéndose de forma indirecta en una confesión sobre nuestra vida y, especialmente, sobre nuestro estado espiritual”, escribe Orhan Pamuk hacia el final de su último libro, Estambul. La confesión aparece perdida en la página, debajo de una de esas viejas fotos del Bósforo que Pamuk ha desperdigado por el libro como mojones de la memoria, pero su fuerza y su resonancia son las de una verdadera poética. Así es: si hay un propósito que tenga rango de obsesión a lo largo de estas páginas, es sin duda el de construir un puente de doble vía entre el alma y la esencia de la ciudad, por un lado, y la niñez y juventud del autor, por el otro. Estambul es el Retrato del artista adolescente mezclado con La educación sentimental, todo eso contado por la voz de Proust. Ya lo ha visto el lector: la cosa va de iniciaciones (artísticas y sexuales), pero también de nostalgias.

Estambul cuenta los primeros veintidós años de vida de Orhan Pamuk, segundo hijo de una acomodada –y secular y occidentalizada– familia turca. El proceso por el que un aprendiz de pintor se convierte en estudiante de arquitectura y luego en novelista es uno de los hilos del libro; otro es una historia de amor fallido. Para los lectores de Pamuk, sin embargo, hay mucho más: por todas partes se encuentran los rastros de sus novelas. El fracasado destino imperial que de algún modo era el tema de Me llamo Rojo es aquí, por ejemplo, uno de los rasgos que definen el alma estambulina. Pero en realidad los caminos entre Estambul y la ficción de Orhan Pamuk son más visibles y más fascinantes en El libro negro, una novela de 1990 que hasta ahora había sido la más compleja declaración de amor y nostalgia hecha por Pamuk a su ciudad natal. El libro negro es la historia del abogado Galip, que regresa a casa una noche y descubre que su mujer, Rüya, lo ha abandonado. Durante una semana el lector asiste a la búsqueda de Rüya: Galip atraviesa Estambul de un lado al otro, rastreando los pasos probables de su mujer, y mientras tanto se va enfrentando al gran personaje de la novela: la ciudad. Pues su búsqueda aparece entrecortada con las columnas que Cêlal, su primo, escribe en un periódico importante; y en esas columnas el periodista Cêlal viene a hacer, de muchas formas, lo mismo que el novelista Pamuk hace en sus memorias: la fundación mítica de Estambul.

Dicho de otra forma, Estambul es una especie de clímax magnífico de lo que Pamuk había hecho en El libro negro: la creación obsesiva y meticulosa de la ciudad, y, sobre todo, su recuperación de manos de los viajeros occidentales del siglo xix. Por las páginas de Estambul desfilan Flaubert, Nerval, Téophile Gautier; por las columnas de El libro negro, las correcciones despiadadas que Cêlal hace a esos occidentales. En alguna parte de la novela se nos explica que la historia de Aladino, en Las mil y una noches, no formaba parte del original, sino que es una interpolación francesa; en otra, se pregunta si Julio Verne se equivoca al describir la plaza de Tophane “porque había usado un grabado de Melling, o porque había plagiado tal cual la descripción de Lamartine en su Voyage en Orient”. El afán recuperador de Cêlal tiene algo de nacionalismo indignado; en el esfuerzo de Pamuk, en cambio, no hay ningún afán chauvinista, y quizás en eso radica una de las grandezas del libro. “Observar Estambul como un extranjero ha sido siempre un placer para mí”, escribe Pamuk, “y una costumbre necesaria contra el sentimiento de comunidad y el nacionalismo”. Pero los dos libros, los dos personajes –Cêlal y Pamuk–, confluyen en un rasgo esencial: esa especie de fetichismo documentalista, ese coleccionismo exacerbado de fotos, textos, relatos, postales que hablen de la ciudad, que contengan un aspecto de la ciudad. Al final resulta que los personajes de ambos libros comparten una misma tarea: reu-?nir los materiales necesarios para que el futuro sepa, sin ninguna duda, que Estambul existió.

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