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El mal en femenino

Mauricio Sáenz reseña el libro de Susana Castellanos, Mujeres perversas de la historia

2010/07/28

Por Mauricio Sáenz

El “eterno femenino”, la idea de una esencia misteriosa e invariable en el alma de ese género, sugiere que hay una ética y una estética asociadas con las mujeres, de la mano con los papeles tradicionales asignados a ellas como figuras maternales que encarnan la dulzura, la belleza y la emoción, opuestas a la fuerza y el poder, características principalmente masculinas. Desde Dante hasta Goethe y Teilhard de Chardin, pasando por Chateaubriand, entre otros muchos, sugieren la esencia de la mujer como referente de la bondad y los altos ideales de la existencia humana, e incluso como un ingrediente de la divinidad.

El interesante libro de Susana Castellanos de Zubiría, por contraste, presenta algunos de los casos más prominentes en los que ese inmaterial ser femenino encarnó todo lo contrario: la maldad expresada en intrigas, crueldad, vicios, abyección y muerte.

La autora no se limita a las mujeres históricas, pues se adentra en los personajes que integran los universos religiosos, comenzando por Lilith, la primera mujer de Adán, cuyo origen se remonta a las nebulosas de la tradición asirio-babilónica. Y terminando, quién lo creyera, con alguien tan carnal y presente como Griselda Blanco, la reina de la coca, quien aparentemente vive todavía, escondida en algún lugar de Colombia para evitar la venganza de alguna de sus muchas víctimas.

El libro ofrece un recorrido por algunas de las mujeres más prominentes, miradas con el prisma de su capacidad de subvertir el orden establecido para dar rienda suelta a sus deseos y obtener la satisfacción de sus caprichos por cualquier medio. Y resulta más útil para refrescar múltiples episodios de la mitología y la historia, que para adentrarse en la relación entre lo femenino y la perversidad.

De hecho, la sesuda introducción y el primer capítulo, titulado “El mal y lo femenino, una entrañable relación desde el comienzo de los tiempos”, hacen interesantes propuestas sobre esas relaciones, examinadas a fondo en múltiples obras de la filosofía y la psicología. Pero al entrar en materia el asunto se vuelve a ratos demasiado anecdótico. Hay que admitir, sin embargo, que la afirmación anterior es muy subjetiva (a lo mejor muy masculina) y que esa característica será precisamente muy apreciada.

La propia autora advierte que la valoración de los actos de sus personajes es, salvo algunos de ellos particularmente escabrosos, un ejercicio eminentemente subjetivo, pero lo cierto es que se antoja algo injusto incluir en la misma categoría a asesinas como Lucrecia Borgia o Catalina de Médicis, y personajes como la zarina Catalina la Grande, a quien a lo sumo es posible acusar de haber dado rienda suelta a su promiscuidad y a sus intrigas palaciegas para sacar adelante sus intereses políticos, incluido un asesinato del que es apenas sospechosa. Por otro lado, la presencia de una oscura criminal santafereña del siglo XIX al lado de figuras prominentes de la historia del poder (anunciadas en la introducción como el centro del trabajo) francamente resulta un poco exótico.

Mujeres perversas de la historia es un libro agradable que hará las delicias de muchos lectores, (y sobre todo de lectoras, fascinadas en forma muy diciente por el tema). Y lo es no solo porque se apoya en una investigación cuidadosa sino, sobre todo, porque transmite el gusto con el que la autora se lanzó a la tarea de escribirlo. Sin embargo, se echa de menos una edición más estricta que le hubiera permitido no solo ser más coherente a la hora de escoger los personajes, sino centrar mejor las narraciones y otorgarle una mayor calidad literaria al resultado.

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